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El
starez hierosjimonje Ambrosio nació el 23 de noviembre del año
1812 en la aldea Gran Lipoviza (provincia de Tambov). Sus padres eran
el sacristán Miguel Feodorovich Grenkov y su esposa Marta Nicolaevna.
Su abuelo era el sacerdote del pueblo. En el día del nacimiento
del niño Alejandro se congregó mucha gente dentro y fuera
de la casa del padre Feodor. Ambrosio diría en broma después:
"Entre mucha gente he nacido y así sigo viviendo." Miguel
Feodorovich tuvo ocho hijos, cuatro varones y cuatro mujeres. Alejandro
(Mijailovich) fue el sexto de ellos.
Era un chico muy despierto, alegre e inteligente. Según la costumbre
de aquella época, aprendió a leer con el alfabeto eslavo,
el libro de los Salmos y el libro de las Horas. En las fiestas cantaba
y leía en la iglesia, acompañando a su padre. Nunca vio
ni escuchó nada malo ya que se crió en un ambiente estrictamente
eclesiástico y religioso.
Al cumplir 12 años fue mandado a estudiar al primer curso del colegio
religioso de Tambov. Estudiaba bien y al terminarlo en 1830 ingresó
al seminario de la misma ciudad. El estudio seguía sin costarle
esfuerzos. Así recordaba después un compañero suyo
del seminario: "Nosotros comprábamos una vela con nuestros
últimos ahorros y estudiábamos durante mucho tiempo las
lecciones, mientras que El (Alejandro Grenkov) estudiaba poco pero en
los interrogatorios del profesor contestaba como si lo estuviera leyendo:
era el mejor." En julio del 1836 Alejandro Grenkov terminó
con éxito el seminario, pero no ingresó a la Academia Religiosa
ni se hizo sacerdote. El, en su alma, sentía una vocación
especial y no se apremiaba a definir su situación; era como si
esperara un llamado Divino. Un tiempo trabajó como maestro particular
en la casa de un terrateniente y después enseñó en
el colegio religioso de Lipezk. Tenía un carácter vivaz
y alegre, era ingenioso y bondadoso y por ello era muy querido por sus
compañeros de estudio y de trabajo. Durante su último año
en el seminario contrajo una enfermedad muy peligrosa e hizo la promesa
de hacerse monje si se sanaba. Cuando se curó no olvidó
esta promesa pero postergó por varios años su cumplimiento.
Pero la conciencia no lo dejaba tranquilo y cuanto más tiempo transcurría
más insistentes eran esos reclamos de la conciencia. Los períodos
de alegría y despreocupación, propios de un joven, se alternaban
con períodos de aguda tristeza, de oraciones y de llanto.
En
una ocasión, parado en un bosque en Lipezk, a la orilla de un arroyo,
oyó en su murmullo con total claridad: "¡Alaben a Dios!
¡Ámen a Dios!" Ya en la soledad de su casa le rezó
fervientemente a la Virgen María y le rogó que le aclare
la mente y le guíe su voluntad. Por lo general, no tuvo una fuerza
de voluntad perseverante y ya anciano le decía a sus hijos espirituales:
"Vosotros debéis obedecer mis primeras palabras. Yo soy un
hombre condescendiente. Si vosotros discutís conmigo, yo podré
ceder, pero eso no los beneficiará." En la misma diócesis
de Tambov, en el pueblo Troekurovo, vivía en aquel tiempo un famoso
starez llamado Ilarión. Alejandro acudió a él para
pedir consejo y el starez le dijo: "Ve al Desierto de Optina y adquirirás
experiencia. Podrías ir a Sarov pero ahí no hay más
starezs expertos como antes" (El starez Serafín del monasterio
de Sarov, quien posteriormente fue canonizado como santo, había
muerto poco tiempo antes). Cuando llegaron las vacaciones de verano del
1839 Alejandro con Pokrovskii (compañero en el seminario y también
profesor del colegio de Lipezk) se fueron en peregrinaje a la Lavra de
la Trinidad y de San Sergio, para venerar al "abad de toda Rusia"
San Sergio. (La Lavra de la Trinidad y de San Sergio es un famosísimo
monasterio).
Después de regresar, Alejandro seguía dudando y no pudo
enseguida romper definitivamente con la vida mundana. Esto ocurrió
finalmente tras una noche de visita en una casa en la que Alejandro hizo
reír a todos los concurrentes. Todos estaban alegres y satisfechos
y se retiraron a sus casas de ánimo excelente. Pero a Alejandro
Mijailovich, a pesar de que antes también en circunstancias parecidas
tuvo sentimientos de constricción, se le presentó nítidamente
su promesa a Dios, recordó su fervor en la Lavra de la Trinidad
y de San Sergio y sus anteriores largas oraciones y llantos y la definición
de Dios dada a través del padre Ilarión.
A la mañana siguiente su determinación maduró y para
no vacilar más en ella a causa de lo que pudieran decir sus parientes
y conocidos, se fue a Optina sin pedirle permiso siquiera a las autoridades
de la diócesis.
En Optina Alejandro Feodorovich encontró personalidades del monacato
tales como el abad Moisés y los starez León (Leonid) y Macario.
El superior del monasterio era de la misma estatura espiritual: el hierosjimonje
Antonio, hermano de Moisés, hombre de piedad y clarividencia.
En general todo el monacato bajo la conducción de los strarezs
estaba marcado por las virtudes espirituales. La sencillez (falta de malicia),
la mansedumbre y la humildad distinguían a los monjes de Optina.
Los monjes jóvenes no solamente eran humildes con los mayores sino
también con los iguales, trataban de no ofender de ninguna manera
al prójimo y ante el menor malentendido se apresuraban a pedirse
perdón entre sí.
Alejandro Grenkov llegó al monasterio de Optina el 8 de octubre
de 1839. Dejó al cochero en la recepción, fue enseguida
a la Iglesia a la Liturgia y luego fue a ver al starez León y le
pidió la bendición para quedarse en el monasterio. El starez
le dio su bendición para vivir al principio en la recepción
y le encargó copiar el libro "La salvación de los pecadores,"
traducción del griego moderno de un libro sobre la lucha contra
los pecados.
En enero del 1840 Alejandro empezó a vivir en el monasterio sin
llevar todavía el hábito. En ese tiempo hubo comunicación
epistolar con sus autoridades diocesanas a causa de su desaparición
y todavía no había llegado la orden del obispo de Kaluga
a la autoridad de Optina para la admisión en el monasterio del
profesor Grenkov.
Recién
en abril de 1840 se le permitió a A. Grenkov vestir el habito de
monje. Al principio era ayudante de celda y lector (de los rezos reglamentados
y de los servicios) del starez León y trabajaba en la panadería
del monasterio cocinando panes y preparando la levadura. Después
en noviembre fue trasladado al "Skit" (sección con un
reglamento más severo). De allí el novicio seguía
yendo a escuchar al padre León. Allí trabajó un año
como ayudante de cocinero y debía ver al starez Macario a menudo:
para bendecir la comida, para llamar con campanas para la comida y por
otras causas. Aquí tenía la posibilidad de contarle al starez
acerca de sus estados espirituales y recibir sus respuestas. El objetivo
último era que la persona dominara a las pasiones y que el pecado
no se apoderara de la persona.
El starez León quería especialmente al joven novicio, pero
con fines educativos en presencia de otros se mostraba muy severo con
él para poner a prueba su humildad. Aparentaba ira con él
y lo apodó "Quimera" (la flor estéril que hay
sobre los pepinos). Pero a los demás les decía que "será
un gran hombre." Previendo una muerte cercana el starez León
le dijo al padre Macario sobre el novicio Alejandro: "He aquí
una persona muy próxima a nosotros, los starez. Yo ahora me siento
muy débil, así que te lo entrego, manéjalo como sabes."
Después de la muerte de starez León, el hermano Alejandro
se hizo ayudante de celda de Macario (1841-46). En el 1842 fue tonsurado
como monje con el nombre de Ambrosio (en honor de san Ambrosio de Mediolano,
santo que se conmemora el siete de diciembre). Después lo nombraron
hierodiacono en 1843 (monje diácono) y dos años más
tarde fue ordenado hieromonje (monje sacerdote).
Su salud en esos años se tambaleó mucho. Durante el viaje
a Kaluga para su ordenación como sacerdote el siete de diciembre
de 1846, se resfrió y durante mucho tiempo tuvo complicaciones
en órganos internos. A partir de entonces nunca más se curó
totalmente. Sin embargo no se desesperaba y reconocía que la enfermedad
física actuaba benéficamente para su alma: "A un monje
le es útil enfermarse, - gustaba decir el padre Ambrosio - uno
no debe sanarse de las enfermedades sino tan sólo curarse parcialmente."
A otros para consolarlos les decía: "Dios no le exige proezas
corporales a los enfermos sino tan sólo paciencia con humildad
y agradecimiento."
Desde setiembre de 1846 hasta el verano del 1848 el estado de salud del
padre Ambrosio fue tan crítico que fue tonsurado en "sjima"
en su celda con su mismo nombre (sjima tiene los votos más severos
y al monje le cambian otra vez el nombre y los hábitos). Sin embargo,
para sorpresa de muchos, el enfermo empezó a mejorar y a salir
afuera a la calle para pasear. Este cambio del curso de la enfermedad
fue una clara acción de la fuerza de Dios y el mismo starez Ambrosio
decía después: "¡Dios es misericordioso! En el
monasterio los enfermos no mueren rápidamente, sino que siguen
viviendo hasta que la enfermedad les trae provecho. En el monasterio es
provechoso estar un poco enfermo para que la carne se rebele menos, especialmente
en los jóvenes, y para que las nimiedades no entren tanto a la
cabeza."
No solamente con enfermedades educaba Dios el espíritu del futuro
starez sino también al relacionarlo con los monjes mayores, de
los cuales no pocos eran hombres de enormes virtudes. Citemos como ejemplo
un caso que luego el mismo starez relataba.
Poco después de ser ordenado diácono y tener que oficiar
en la Liturgia en la Iglesia de la Entrada al Templo de la Santísima
Virgen, el padre Ambrosio se le acercó antes del oficio al altar
para la bendición al abad Antonio quien le preguntó: "Y...,
¿ se está acostumbrando?" El padre Ambrosio le contestó
confiado: "Sí y gracias a sus plegarias, padre." Entonces
el abad Antonio le replicó: "¿Al temor a Dios se está
acostumbrando?" El padre Ambrosio comprendió la desubicación
del tono de su respuesta en el altar y se turbó." Así
es que sabían enseñarnos a tener piedad los starez de antes"
- concluyó su relato el padre Ambrosio.
Muy importante para el crecimiento espiritual en esos años fue
la relación del padre Ambrosio con el padre Macario. A pesar de
su enfermedad el primero quedó como antes bajo la completa obediencia
del segundo y le daba cuenta a él hasta los más mínimos
detalles. Con la bendición del padre Macario se dedicó a
la traducción de libros de los Santos Padres, en particular preparó
para la impresión el libro "La Escalera" del santo abad
Juan de Sinaí.
Con la ayuda del starez Macario, el padre Ambrosio aprendió sin
grandes dificultades el arte por excelencia: "la oración espiritual."
Esta arte de los monjes tiene muchos riesgos ya que el diablo trata de
llevar a la persona a un estado de "engaño o ilusión
espiritual" y puede acarrear muchas penas pues una persona inexperta
que lo ejercita sin la adecuada supervisión trata de seguir su
propia voluntad mediante excusas aparentemente buenas. Un monje sin un
adecuado guía espiritual puede dañar severamente su alma,
cosa que le ocurrió al propio starez Macario, que intentó
aprender el arte de la oración espiritual sólo. El padre
Ambrosio pudo evitar esos peligros y esas penas precisamente por poder
contar con un maestro tan experimentado como el starez Macario. Este último
amaba mucho a su alumno, pero eso no le impedía someterlo a veces
a algunas humillaciones para domarle su amor propio. El starez educaba
en él un austero monje dotado de virtudes monacales como la pobreza,
la humildad, la paciencia y otras. Cuando intercedían por el padre
Ambrosio diciendo que estaba enfermo el starez respondía: "Eso
lo sé mejor que tú, pero las reprimendas y las amonestaciones
son como cepillos que limpian las suciedades de pecado del monje; sin
ellas el monje empieza a oxidarse."
Aún en vida y con la bendición del starez Macario algunos
monjes acudían al padre Ambrosio para descubrir sus pensamientos.
Así contaba el abad Marcos (que concluyó su vida en Optina):
"Por lo que pude observar el padre Ambrosio vivió ese tiempo
sin hablar nada. Acudía a él todos los días para
descubrirle mis pensamientos y casi siempre lo encontraba leyendo libros
de los Santos Padres. Si no lo encontraba en su celda quería decir
que se encontraba con el padre Macario, a quien ayudaba con la correspondencia
con sus hijos espirituales o trabajaba traduciendo libros de los Santos
Padres. A veces lo encontraba en la cama con lágrimas contenidas
y apenas visibles. Me pareció que el starez estaba siempre ante
Dios o que siempre sentía la presencia de Dios, como diría
el Rey David: "...a Jehová he puesto siempre delante de mí"
(Salmo 15(16):8). Es por eso que todo lo que hacía lo trataba de
hacer por Dios y para Dios. Por eso siembre buscaba la manera de no ofender
a Dios de ningún modo y ese temor estaba reflejado también
en su rostro. Tanta concentración en mi starez me producía
sensaciones de temblorosa reverencia. No podía sentirme de otra
manera. Cuando me arrodillaba ante él para pedirle la bendición
me preguntaba muy bajo: "Hermano, ¿ qué me cuentas
de bueno?" Conmovido con su concentración yo le respondía:
"Perdóneme, padre, por Dios, ¿no llegué en mal
momento?" "No! - me contestaba - díme lo que necesitas
pero sucintamente." Luego de escucharme con atención me daba
con piedad una provechosa enseñanza y con amor me dejaba ir."
Los consejos que ofrecía Ambrosio no venían de sus propios
razonamientos a pesar de que tenía una gran capacidad de raciocinio
espiritual. Cuando algún hijo espiritual se le acercaba para ser
aconsejado, el padre Ambrosio le contestaba como si estuvieran en un ámbito
estudiantil y nunca le daba consejos propios sino siempre enseñanzas
de acción de los santos Padres."
Cuando el padre Marcos se quejaba de haber sido ofendido por alguien el
starez le decía en tono de llanto: "Hermano, hermano, soy
una persona moribunda." O bien: "Yo me moriré hoy o mañana.
¿Qué puedo hacer con este hermano? Pues no soy el superior.
Hay que reprocharse a sí mismo y tener humildad con el hermano
y así te tranquilizarás" Esta respuesta provocaba en
el padre Marcos sentimientos de arrepentimiento, quien humildemente le
pedía perdón al starez y salía tranquilizado y consolado,
era como si saliera volando con alas.
El padre Macario le acercaba a Ambrosio, además de monjes, sus
hijos espirituales del mundo común. Al verlos hablar con él
el padre Macario decía en broma: "¿ No ven como el
padre Ambrosio me quita el pan?" Era así como el padre Macario
se preparaba un digno sucesor. Cuando el starez Macario falleció
(el siete de setiembre de1860), las circunstancias se fueron dando paulatinamente
para que el padre Ambrosio fuera puesto en su lugar. Cuarenta días
después de la muerte del starez, el padre Ambrosio se mudó
a otro edificio cercano a los límites del skit y a la derecha del
campanario. Al oeste de este edificio se había un anexo para recibir
a las mujeres, quienes no podían entrar en el skit. Durante treinta
años (hasta su partida a Shamordino) vivió aquí el
padre Ambrosio, sirviendo por su propia cuenta al prójimo.
Tenía dos ayudantes de celda: los padres Miguel y José,
quien luego también fue starez. El principal encargado de la correspondencia
era el padre Clemente Sederholm, un hombre muy erudito y maestro en literatura
griega que tomó la ortodoxia siendo hijo de un pastor protestante.
Para escuchar las reglas de oración matutinas, el starez se levantaba
a las cuatro de la mañana, tocaba el timbre para que vinieran los
ayudantes para leer las oraciones matinales, doce salmos elegidos y La
Primer Hora. Después se quedaba sólo para la "oración
espiritual." Hacía un breve descanso y seguía escuchando
"Horas": la tercera, la sexta con Típicas y, de acuerdo
al día, el canon con acafist (akathistos) al Salvador o a la Virgen
María. (El canon es un conjunto de himnos - generalmente nueve
- donde se glorifican al Salvador, a La Santísima Virgen, a un
santo o a una fiesta; el "acafist" es un conjunto armonioso
de cánticos, mientras que se leen y cantan hay que permanecer de
pie). El starez permanecía parado durante los "acafist"
y después de ello y un liviano desayuno comenzaba un día
de entero trabajo con un breve intervalo a la hora del almuerzo. La comida
que ingería el starez era la que come una criatura de tres años.
Durante la comida los ayudantes le seguían trasmitiendo las preguntas
de los visitantes. Después de un breve descanso el intenso trabajo
continuaba hasta muy tarde. A pesar del cansancio extremo y la salud enfermiza
del starez el día terminaba indefectiblemente la regla de oraciones
nocturnas consistente en las Vísperas Menores, el Canon al Angel
de la Guarda y las oraciones nocturnas. Por los continuos anuncios de
visitantes, a quienes debían acompañar a la entrada y a
la salida, los ayudantes apenas podían mantenerse en pie. A veces
el mismo starez yacía casi desmayado. Después de leer las
oraciones el starez le pedía perdón a los presentes por
sus pecados de "acción, palabra o pensamiento." Los ayudantes
de celda recibían la bendición para irse. Cuando sonaba
el reloj y el starez con débil voz preguntaba la hora y le contestaban
que eran las doce, decía: "Nos hemos atrasado"
Dos años más tarde lo afectó una nueva enfermedad.
Su salud frágil se debilitó aún más. Desde
ese tiempo no pudo ir más a la iglesia y debía tomar la
Comunión en su celda. En 1869 su estado empeoró tanto que
se perdieron las esperanzas de una recuperación. Se trajo el icono
milagroso de la Madre de Dios de Kaluga. Después de un Moleben
(oficio en el que se pide o agradece algo a Dios), las oraciones reglamentadas
para la celda y la posterior extrema unción, la salud del starez
empezó a mejorar, pero su extrema debilidad no lo abandonó
ya en toda su vida.
Tales graves recaídas se repetían muchas veces. Es difícil
de imaginar cómo pudo, tan maniatado por penosas enfermedades y
con una total falta de fuerzas, recibir diariamente grandes cantidades
de gente y contestar a decenas de cartas...Sobre él se cumplía
efectivamente la frase: "La fuerza Divina se manifiesta en la debilidad."
Si no hubiera sido un recipiente elegido por Dios a través del
cual el mismo Dios actuaba y hablaba, tales proezas y tan enorme trabajo
nunca hubieran podido haber sido realizadas por ninguna fuerza humana.
La benevolencia Divina estuvo aquí presente y cooperaba. Era evidente
la acción de la Vivificadora Gracia Divina que estaba presente
y ayudaba a cumplir esas hazañas.
La gracia de Dios, que en tal medida tenía el starez, era la fuente
de los dones espirituales con los que servía a los prójimos
a consolar a los apenados, a consolidar en la fe a los que dudaban de
ella y a enseñarles a todos el camino de la salvación.
Entre los dones de gracia espirituales del starez Ambrosio que atraían
a miles de personas en primer lugar estaba el don de clarividencia. Penetraba
profundamente en el alma humana y leía en ella como en un libro
abierto sin necesidad de que el interlocutor tuviera que contárselo.
Con una alusión leve, que ningún otro notaba, le mostraba
a la persona sus debilidades y le obligaba a reflexionar seriamente sobre
ellas. Una dama que acudía frecuentemente al starez Ambrosio tenía
una fuerte afición al juego de cartas y tenía vergüenza
de contarlo. Una vez esta dama en una recepción con otra gente
le pidió al starez una tarjeta. Entonces el starez con su particular
mirada fija la miró atentamente y le dijo: "¿Cómo
es eso, madre? Nosotros, aquí, en el monasterio no jugamos a las
cartitas"(en ruso "cartitas" y tarjeta son significadas
por la misma palabra). Ella entendió la indirecta y le confesó
al padre su debilidad. Con su clarividencia el starez provocaba gran asombro
y provocaba en muchos el deseo de entregarse a su dirección, convencidos
de que el starez sabía mejor que ellos mismos lo que ellos necesitaban
y lo que era bueno o malo para ellos.
Una joven muchacha, que había terminado los cursos superiores en
Moscú, cuya madre hacía mucho tiempo que era una hija espiritual
del padre Ambrosio, nunca lo había visto, no lo respetaba y lo
llamaba "hipócrita" al starez. Su madre la convenció
de visitarlo. Ella se dispuso detrás de toda la gente y cerca de
la puerta. El starez entró y con la puerta tapó a la joven.
Después de rezar y mirarlos a todos, de pronto miró detrás
de la puerta y dijo: "¿Y ahí quién está?
¿La Fe lo vino a ver al hipócrita?" Después
de esto conversó con ella a solas y ella cambió su conducta
con él y lo empezó a querer y luego ingresó al monasterio
de Shamordino. Aquellos que con total confianza se entregaban a la guía
del starez nunca se arrepentían de ello aunque a veces los consejos
a primera vista parecían raros y totalmente irrealizables.
Habitualmente una multitud se reunía para ver al padre Ambrosio.
Pasó una vez que una joven, a la que habían convencido de
visitar al padre, estaba muy alterada por tener que esperar tanto. De
repente se abrió la puerta y el starez aparece y con voz alta dijo:
"Quien aquí es impaciente acérquese," se aproximó
a la joven y la invitó a entrar. Después de la conversación
con él se hizo frecuente huésped de Optina y visitante del
starez Ambrosio.
Una vez, cerca de la entrada se reunió un grupo de mujeres y una
de ellas, de avanzada edad y con cara enfermiza contaba sentada sobre
un tronco que ella vino a pie desde Voronezh con las piernas enfermas
con la esperanza de ser curada por el starez. A siete kilómetros
del monasterio ella se extravió, perdió las fuerzas en caminos
tapados por la nieve y se cayó en llantos sobre un tronco tirado.
En ese momento se le aproximó un anciano con hábitos de
monje, le preguntó por qué lloraba y le señaló
con el bastón el camino. Ella siguió la dirección
indicada y enseguida, detrás de unos arbustos, pudo ver el monasterio.
Todas pensaron que aquel anciano era algún guardabosque cercano
al monasterio o alguno de los monjes. De repente salió el ayudante
de celda y preguntó: ¿dónde está Avdotia de
Voronezh? Todas guardaron silencio mirándose unas a otras. El ayudante
repitió la pregunta más fuerte y agregó que el padre
la llamaba. "¡Pero Avdotia de Voronezh soy yo!" - dijo
la recién llegada de las piernas enfermas que contaba el relato.
Todos se apartaron y ella rengueando entró a la casita. Quince
minutos más tarde, salió llorando y dijo que el anciano
que le había indicado el camino era el mismo padre Ambrosio o bien
alguien muy parecido. Sin embargo en el monasterio nadie se le parecía.
El starez en época de invierno no pudo haber salido de su celda
por su estado enfermizo; sin embargo se le apareció de pronto en
el bosque a la peregrina para indicarle el camino y media hora más
tarde la reconoció ni bien llegó.
He aquí otro ejemplo de la clarividencia del starez Ambrosio, contada
por uno de sus visitantes, un empresario contratista: "Un poco
antes de la muerte del starez, unos dos años antes, yo tenía
que viajar a Optina para recibir dinero del abad. Nosotros habíamos
hecho un iconostasio (pared con íconos que separa a un altar del
resto de la iglesia) allí y por ese trabajo debía recibir
una cantidad bastante importante de plata. Recibí el dinero y fui
a pedirle la bendición al padre Ambrosio para el viaje de vuelta.
Yo tenía prisa para volver a casa pues al día siguiente
esperaba unos clientes para realizar un importante contrato de unos 10.000
rublos y ellos tenían que venir sin falta al día siguiente
a mi casa en K. Al starez, como siempre, esperaba muchísima gente,
pero se enteró que lo estaba esperando y por su ayudante me invitó
tomar té con él a la tarde. A pesar de mi apuro pero por
el honor y la alegría que me provocaba estar con el starez y tomar
el té con él decidí posponer mi partida hasta la
tarde con la convicción de que podía llegar a tiempo, aunque
fuera viajando toda la noche.
A la hora señalada fui a lo del starez. Me recibió el padre
Ambrosio con tanta alegría y tan contento que yo sentía
que no había tierra debajo de mí. Estuve con el starez por
un tiempo bastante largo y cuando ya casi estaba por anochecer me dijo:
"Ve con Dios. Esta noche duerme aquí y mañana te bendigo
para que vayas a la Liturgia y después ven a tomar el té
conmigo." "¿Cómo es esto?" - pensé
pero no me atreví a negarme. Pasé la noche, fui a la misa
y me dirigí después a tomar té con el starez y me
angustié al pensar en los clientes y seguía pensando en
poder llegar esa noche a K. Después de tomar el té quise
pedirle la bendición para viajar, pero no me dio tiempo ni siquiera
para abrir la boca y me dijo: "Ven esta noche a dormir aquí."
Casi me desmayé, pero no me atreví a contradecirle. Pasó
el día y pasó la noche y a la mañana siguiente me
animé y pensé: sea como sea, hoy me voy, puede ser que mis
clientes me hayan esperado un día. ¡Pero no! Antes que yo
pudiese hablar el starez me dijo que viniera al servicio vespertino y
mañana a la liturgia y durmiera de nuevo aquí. ¡Qué
cosa! Yo me apené totalmente y hasta pequé contra el starez
al pensar con respecto a El: "¡¿Qué clase de
clarividente es?! ¿No sabe que yo gracias a él me perdí
un gran negocio?" Estaba muy intranquilo con respecto al starez y
a la noche en la iglesia ya no podía rezar pues pensaba todo el
tiempo: "¡Qué starez! ¿Qué clase de clarividente
es? ¡Ahora toda mi ganancia se esfumó! Estaba muy enojado
pero después del servicio vespertino el starez me volvió
a recibir muy alegre. Yo me amargué y pensé de qué
se alegraba tanto y hasta pensé, Dios me perdone, que se estaba
burlando de mí. A pesar de mi amargura no le dije nada sobre mis
preocupaciones. Durante la tercera noche esa amargura se me fue diluyendo:
"de todas maneras lo que pasó tan cerca de las manos ya no
se podía recuperar." A la mañana siguiente voy a visitar
al starez y me dice: "Bien, ya llegó el tiempo de irte a casa.
¡Ve con Dios! ¡Dios te bendecirá! ¡Y a su tiempo
no te olvides de agradecerle a Dios!"
Se me fue toda la tristeza. Salí de Optina indescriptiblemente
contento y sin pesares. Pensé para qué me había dicho
el padre que no me olvidara después de agradecerle a Dios. "Debía
ser porque pude estar tres días en la iglesia" - pensaba.
Viajé sin apuro a casa y no pensé más en los clientes
y me alegró que el starez me haya tratado así. Llego a casa,
atravieso el portón y mis clientes llegan detrás de mí:
se habían atrasado tres días de lo pautado. Ahí pensé
en los dones de mi starez ¡Qué maravillosas son las acciones
Divinas! Sin embargo esto no se terminó aquí. Escuchen lo
que ocurrió después.
Poco tiempo después nuestro padre Ambrosio falleció y dos
años más tarde se enfermó mi capataz, hombre de mi
confianza, que no era simplemente un trabajador sino puro oro. Había
estado conmigo por más de veinte años sin interrupciones
y ahora estaba por morir. Llamamos a un sacerdote para que pueda confesarse
y para darle la comunión mientras estuviera lúcido. Después
se me acerca el sacerdote y me dice que el moribundo desea hablar conmigo
y me dice que me apure. Fui y me acerqué y mi capataz cuando me
vio, empezó a llorar y me dijo: "¡Perdóname mi
pecado, patrón! Es que yo te quise matar..." "¡Dios
esté contigo! ¡Estás delirando!" "No, patrón,
es verdad que te quise matar. Recuerda cuando te demoraste tres días
en volver de Optina. Yo convencí a dos personas más y nosotros
tres te esperamos tres noches debajo del puente en el camino para matarte
y robarte el dinero que traías de Optina. Si no hubiera sido por
los rezos de alguien hubieras muerto esa noche y el Señor te hubiera
llevado sin que te pudieras arrepentir... ¡Te pido que me perdones
a mí, que soy un ser maldito! ¡Deja por Dios partir a mi
alma en paz!" "Que Dios te perdone así como yo te perdono."
Entonces el enfermo empezó a roncar y a fallecer. ¡Que en
paz descanse! ¡Grande fue su pecado, pero también grande
fue su arrepentimiento!"
La clarividencia de starez Ambrosio se combinaba con otro don valioso,
muy importante para un buen pastor: la sensatez, el buen juicio. Sus sermones
y consejos resultaban ser teología palpable y práctica para
la gente. Era habitual que el starez diera sus enseñanzas de un
modo casi gracioso, con lo cual animaba a los desesperados. Sin embargo
esta manera no disminuía en nada el sentido profundo de sus dichos.
La gente se ponía a pensar involuntariamente en las expresiones
metafóricas del padre Ambrosio y por mucho tiempo recordaban la
lección. A veces en recepciones de varias personas se oía
la invariable pregunta: "¿cómo vivir ?" El starez
respondía plácidamente: "Debemos vivir sobre la tierra
como gira una rueda: apenas llega a tocar la tierra en un solo punto y
con todo el resto tiende a ir para arriba; pero nosotros ni bien nos acostamos
no podemos levantarnos."
He aquí, como ejemplo, algunas otras sentencias del starez:
"Donde hay sencillez hay cientos de ángeles pero no hay ninguno
donde es complicado" "No te vanaglories garbanzo de que
eres mejor que el poroto pues cuando te mojas - explotas." "El
hombre se hace malo porque se olvida que Dios está encima de él."
"El que piensa que posee algo, lo perderá."
La sensatez del starez se extendía también a las cuestiones
prácticas alejadas de los problemas espirituales. He aquí
un ejemplo:
Una vez vino un rico terrateniente de Orel y contó que quería
instalar agua corriente para sus grandes plantaciones de manzanos. El
padre enseguida se interesó y empezó con sus palabras habituales
para estos casos: "La gente dice, la gente dice que lo mejor es hacerlo
así"; y luego con todo detalle le explicó cómo
instalar los acueductos. El terrateniente al regresar a su casa empiezó
a leer los últimos adelantos en el tema y notó que el padre
le había descrito los últimos inventos en esta materia.
El terrateniente volvió a Optina y el padre le preguntó:
"¿Cómo anda el acueducto?" En ese momento en todas
partes se echaban a perder las manzanas mientras que este terrateniente
obtenía una abundante cosecha de manzanas.
La sensatez y la clarividencia del padre Ambrosio se combinaban con una
ternura de corazón extraordinaria, semejante a la maternal, gracias
a la cual el starez podía aliviar las más grandes penas
y consolar las almas más afligidas.
Una mujer de Kozelsk, tres años después de la muerte del
starez, en 1894, contaba lo siguiente: "Tenía un hijo que
trabajaba en el telégrafo repartiendo telegramas. El padre nos
conocía a los dos. Era frecuente que mi hijo le llevara telegramas
y yo iba para que me bendiga. Pero mi hijo enfermó de tuberculosis
y falleció. Fui a él pues nosotros siempre íbamos
a él con nuestras penas. Me acarició la cabeza y me dijo
"Tu telegrama se interrumpió" "Si, se interrumpió"
le contesté y me puse a llorar. Y me sentí tan aliviada
en mi espíritu a causa de su cariño que sentí como
que me sacaban una piedra de encima. Nosotros vivíamos cerca de
él como con un verdadero progenitor. Ahora no hay starezs como
él. Pero posiblemente en el futuro Dios nos envíe otros."
El amor y la sapiencia eran precisamente las cualidades del starez que
atraían a la gente. Desde temprano hasta muy tarde acudían
a él con urgentes preguntas, en las que penetraba profundamente
y las que se convertían en los minutos de la consulta en el objeto
de su total preocupación. Enseguida descubría la esencia
del asunto, la descubría de una manera sorprendentemente sabia
y daba la respuesta adecuada. Pero durante los diez o quince minutos de
entrevista el padre Ambrosio no solamente resolvía ese asunto y
sus consecuencias sino que además abarcaba con su corazón
todos los aspectos de la vida de la persona, con sus aficiones y sus deseos,
es decir todo el mundo externo e interno de la persona. Sus palabras y
sus indicaciones no sólo demostraban un gran amor a su interlocutor
sino también hacia todos sus seres queridos, a su vida y a todo
lo que le era caro a esa persona. Al ofrecer su solución el padre
Ambrosio no sólo tenía en cuenta el asunto independientemente
de las consecuencias que podía acarrearle a esa persona como a
otras personas si no que tenía en cuenta todos los aspectos de
la vida de algún modo relacionados con el asunto. ¿Cómo
eran las tensiones mentales para solucionar tales problemas? Lo consultaban
decenas de hombres y mujeres comunes, sin contar a los monjes y al medio
centenar de cartas cotidianas que eran recibidas y contestadas. La palabra
del starez tenía el poder basado en su cercanía con Dios,
que le otorgaba tal omnisapiencia. Era un servicio de naturaleza profética.
Para el starez no había casos pequeños. Sabía que
todo en la vida tiene su valor y sus consecuencias y por eso no había
pregunta a la cual no contestara dándole importancia y deseo de
bienestar. En una ocasión una mujer que era empleada en el cuidado
de pavos estaba desesperada porque los pavos se le morían y la
terrateniente la quería despedir. Ella, llorando, paró al
starez y dijo: "Padre, no tengo más fuerzas, los cuido más
que a mis propios ojos y me preocupo por ellos pero igual se mueren. Mi
patrona me quiere despedir. Apiádate de mí, querido."
La gente presente se reía de ella. Pero el starez le preguntó
cómo alimentaba a los pavos, le aconsejó mantenerlos de
otra manera, la bendijo y la dejó ir. A los que se reían
de ella les dijo que esos pavos eran la vida de ella. Después se
supo que los pavos que cuidaba esa mujer dejaron de morirse.
Las curaciones milagrosas del starez son muy numerosas y imposibles de
nombrar en este corto artículo. El padre Ambrosio siempre trató
de ocultarlas. Lo que hacía a veces era mandar a enfermos al Desierto
a visitar un manantial y a San Tijon de Kaluga. Antes del starez Ambrosio
no se había oído de sanaciones en ese lugar y se puede pensar
que san Tijon empezó a curar a la gente por las oraciones del starez.
A veces el padre Ambrosio enviaba a los enfermos a lo de san Mitrofan
de Voronezh. Hubo casos que la gente se sanaba en el camino hacia allá
y regresaba para agradecerle al starez. A veces golpeaba con la mano la
cabeza de alguna persona, como en una broma, pero la enfermedad desaparecía.
Una vez un lector leía oraciones y estaba aquejado de un fuerte
dolor de dientes. De repente el starez le dio un golpe y los presentes
creyeron que lo recibió por un error en su lectura pero en ese
momento su dolor desapareció. Conociéndolo al padre, algunas
mujeres le pedían: "¡ Pégueme, padre Ambrosio
que me duele la cabeza!"
Su fuerza espiritual algunas veces se manifestaba en casos absolutamente
excepcionales. En una ocasión el starez Ambrosio iba encorvado
con bastón por el camino al skit y vio un carro parado cargado
y al lado un caballo muerto acostado y un campesino que lloraba. La pérdida
del caballo con el que se ganaba el sustento para un campesino era una
tragedia. El starez se acercó al caballo muerto, empezó
a caminar alrededor lentamente, tomó una fusta, le pegó
al caballo y le gritó: "¡Levántate haragán!
"Y el caballo se levantó obediente...
A mucha gente el starez Ambrosio aparecía a la distancia (de manera
semejante a como lo hacía san Nicolás) para sanarla o salvarla
de un desastre. A algunos, muy pocos, se le presentó en imágenes
visibles la fuerza que tenía la intercesión del santo ante
Dios. Citemos los recuerdos de una monja, hija espiritual del padre Ambrosio:
"En su celda había candiles encendidos y una pequeña
vela de cera en la mesa. Estaba oscuro y no tenía tiempo para leer
de los apuntes para la confesión. Le dije al starez lo que recordaba,
a la sazón apurada, y luego agregué: "Padre, ¿qué
más le puedo decir? ¿De qué más me puedo arrepentir?
No me acuerdo de nada" El starez me retó por ello. Pero de
repente se levantó de la cama en la que estaba acostado y luego
de dar dos pasos quedó en el centro de su celda. Involuntariamente,
de rodillas, giré en su dirección. El starez se erguió
en toda su estatura, levantó la cabeza y levantó las manos
como si estuviera rezando. Me pareció en ese momento que sus pies
se separaron del piso. Yo veía su cabeza y su rostro iluminados.
Recuerdo que pareció en ese momento que el techo había desaparecido
y la cabeza del starez se fue para arriba. Eso me pareció muy claramente.
Un minuto después el padre se inclinó hacia mí, que
no salía de mi asombro, me persignó y me dijo las siguientes
palabras: "Recuerda hasta dónde puede llevar el arrepentimiento.
Ve con Dios." Me fui estremecida y toda la noche lloré por
mi irrazonabilidad y negligencia. Esa mañana nos dieron los caballos
y viajamos. Durante la vida del starez a nadie pude contarle de esto.
Una única vez, y para siempre, él me había prohibido
contar semejantes casos con la amenaza de "perder su ayuda y su bendición."
De todos los lados de Rusia concurrían a la celda del starez pobres
y ricos, intelectuales y gente común. Lo visitaban famosos hombres
de estado y escritores: F. Dostoievski, V. Soloviev, K. Leontiev, L. Tolstoi,
M. Pogodin, N. Strajov y otros. Y recibía a todos con igual amor
y buena disposición. Necesitaba hacer beneficencia siempre. Repartía
las limosnas personalmente o por medio de su ayudante de celda. El mismo
se preocupaba por las viudas, los huérfanos, los enfermos y los
apenados. En los últimos años de su vida a doce kilómetros
de Optina, en la aldea Shamordino, fue abierto con su bendición
un monasterio para mujeres "Desierto de Kazan," en el cual,
a diferencia de otros monasterios de monjas, aceptaban a las más
pobres y enfermas. En los años 90 del siglo XIX el número
de monjas en este monasterio llegó a quinientos.
Precisamente en Shamordino el starez Ambrosio halló la muerte.
El 2 de junio de 1890 viajó allá para pasar el verano como
de costumbre. Al final del verano el starez intentó tres veces
volver a Optina, pero no pudo por estar muy enfermo. Un año más
tarde, el 21 de septiembre de 1891 la enfermedad se agravó tanto
que perdió el habla y oído. Allí comenzaron sus últimos
sufrimientos, tan graves que él mismo confesó no haber sufrido
nunca antes así. El 8 de octubre el hieromonje José le dio
la extrema unción (junto con los padres Feodor y Anatolio) y al
día siguiente se le dio la Comunión y llegó el superior
del "Desierto de Optina" el archimandrita (el rango mayor entre
los monjes) Isaakii. Al día siguiente, el 19 de octubre del 1891
a las 11.30 horas, el starez suspiró tres veces, se persignó
con esfuerzo y falleció.
La Liturgia funeral y los responsos se efectuaron en el templo de la Entrada
de la Virgen al Templo en el desierto de Optina. Al entierro concurrieron
cerca de ocho mil personas. El 15 de octubre lo sepultaron al lado de
su maestro el hierosjimonje Macario, cerca del mismo templo. Es notable
que el starez Ambrosio justo ese día, el 15 de octubre, un año
antes instituyó la fiesta en honor del milagroso icono de la Virgen
María "La que ayuda con los panes," delante de cuya imagen
rezó tantas veces y con tanta devoción.
Inmediatamente después de su muerte empezaron milagros, en los
que el starez, de manera similar a la que lo hacía en vida, curaba,
enseñaba y llamaba al arrepentimiento.
Pasaban los años. Pero el camino a la tumba del starez no era tapado
por el pasto. Vinieron tiempos de grandes conmociones con la Revolución
y el monasterio de Optina fue cerrado y devastado y la capilla sobre la
tumba de starez fue borrada de la faz de la tierra. Pero la memoria del
gran servidor de Dios no se pudo destruir y la gente señaló
el lugar donde estaba la capilla y continuaba visitando a su consejero.
En noviembre de 1987 el "Desierto de Optina" le fue devuelto
a la Iglesia. En Junio de 1988 el Concilio de la Iglesia Ortodoxa Rusa
canonizó al starez Ambrosio de Optina. El 23 de octubre(según
el calendario nuevo), en un aniversario de su muerte (instituido como
día de santo en su honor), en el desierto de Optina, en presencia
de una gran cantidad de peregrinos, se efectuó una solemne Misa
episcopal. Para este tiempo ya fueron halladas las reliquias del reverendo
Ambrosio. Todos los que participaron en la fiesta sintieron ese día
aquella alegría pura e indescriptible, igual a la que gustaba regalar
el starez en vida a los que lo visitaban. Un mes después, en el
aniversario del renacimiento del monasterio, por gracia de Dios, sucedió
un milagro: de noche, después de la misa, en el templo de La Entrada
de la Virgen al Templo, aparecieron emanando miro (crisma) el icono de
la Virgen de Kazan, las reliquias y un icono de san Ambrosio. Hubo otros
milagros relacionados con las reliquias de starez, con las que éste
asegura que no nos abandona en su intercesión por nosotros, pecadores,
ante Nuestro Señor Jesucristo. ¡Gloria eterna al padre
Ambrosio! Amen.
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