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Entre las muchas opiniones sobre la suerte de Rusia al principio del siglo
XX, también se menciona que esta suerte pudo tomar otros rumbos
si el poder estatal hubiera permitido convocar, en el tiempo oportuno,
el concilio local de la Iglesia ortodoxa rusa. Pero tal concilio se inauguró
precisamente en agosto de 1917 y tuvo lugar hasta septiembre de 1918.
El concilio tomó decisiones sobre las cuestiones más candentes
de la vida eclesiástica. Se restableció el patriarcado en
la Iglesia rusa y san Tikón (Bielabin) (1865-1925) fue elegido
patriarca de Moscú y de todas las Rusias. Se concedió la
elección de los obispos por el clero y los laicos de las diócesis;
de igual modo, el empleo, en las liturgias, no sólo del paleoslavo,
sino también del ruso y otras lenguas. Se ampliaron los derechos
de las parroquias; se establecieron medidas con respecto a la consolidación
de la actividad misionera de la Iglesia y de la más amplia participación
de los laicos en ella. Pero las reformas se iniciaron demasiado tarde.
El estado ateo abrió una lucha planificada contra la Iglesia. El
decreto de 1918 sobre la separación de la Iglesia del estado privó
a la Iglesia del derecho a tener una personalidad jurídica y a
administrar la propiedad privada. En los años de la guerra civil,
entre 1920 y 1930, las matanzas de los sacerdotes tuvieron un carácter
masivo. Al principio de la década de 1920, se dió a la Iglesia
un golpe destructivo: fue acusada de que rechazaba entregar los objetos
eclesiales de valor para salvar a la gente que padecía hambre en
la región del Volga. En realidad, la Iglesia no se negó
a tal ayuda; sólo protestó contra los saqueos de los templos
y contra la profanación de las iglesias. Por todas partes se empezó
a llevar a juicio a los presbíteros. Durante esta campaña
se condenó a la mayor parte de los jerarcas, el patriarca Tikón
entre ellos. San Veniamin, arzobispo metropolitano de Petrogrado, y muchos
otros fueron martirizados.
En
la declaración de 1927, la Iglesia expresó lealtad al poder
soviético en el nivel social, sin ninguna concesión en el
ámbito de la fe. Este hecho, sin embargo, no detuvo las represalias.
Antes de 1940, en el territorio de la Unión Soviética sólo
quedaban algunas decenas de iglesias abiertas, cuando en vísperas
de octubre de 1917 había más de ochenta mil iglesias ortodoxas
en Rusia. Muchas fueron destruidas, entre ellas la iglesia de Cristo Salvador
de Moscú, memorial de gratitud a Dios por la redención del
enemigo y la victoria en el guerra nacional con los franceses de 1812.
Si en 1917 el clero ortodoxo lo componían unas trescientas mil
personas, en 1940 la mayoría de los presbíteros ya no estaba
entre los vivos.
Célebres
personalidades de la cultura y los mejores teólogos de Rusia murieron
en las cámaras de tortura o en los campos de concentración,
como el padre Pavel Florensky, filósofo y teólogo; o bien
huyeron del país, como Semyon Frank, Nicolai Berdiaev, Nicolai
Lossky, Vladimir Lossky, el protomonje Sergei Bulgakov y muchos otros.
En la década de 1920, la Iglesia también recibió
un golpe desde dentro. Una parte del clero renegó de la Iglesia
patriarcal. Los activistas de un movimiento de renovación declararon
la fundación de la "Iglesia viva", simpatizante de los ideales
de las autoridades soviéticas y llamada a renovar la vida religiosa.
En verdad, algunos renovadores querían creer sinceramente que los
ideales evangélicos podían alcanzarse por el camino de la
revolución social. El jefe del movimiento, Aleksandr Vviedensky,
con sus atenciones a las nuevas autoridades buscaba adormecer su vigilancia
para poder combatir el ateísmo. Pero las autoridades seculares
no eran propensas a reconciliarse con la "propaganda religiosa". El tiempo
de las disputas pasó velozmente, y los reformadores empezaron a
entender, a fin de cuentas, que se les instrumentalizó en la lucha
contra la Iglesia. Tratando de bailar el agua a las autoridades, los reformadores
subrayaban su rapidez en "servir el pueblo". Para "acercarse al pueblo"
introdujeron cambios arbitrarios en el orden de las celebraciones y quebrantaron
bruscamente el canon eclesiástico. También los cambios en
la vida de la Iglesia que bendijo el Concilio local de 1917-18 adoptaron
formas de modo bastante caricaturesco. En verdad, durante los dos mil
años de la existencia de la Iglesia el ritual cambió fuertemente,
pero nunca las innovaciones fueron un objetivo en sí mismo. Su
tarea consistía en mostrar más plenamente la invariable
fe de la Iglesia y en transmitir su enseñanza. Las innovaciones
tuvieron más o menos fortuna. Pero las realizadas en los años
1920-30 se convirtieron en tal prueba y tentación de la Iglesia
que muchos creyentes empezaron a asociar en su conciencia aquellas innovaciones
con todas las demás, hasta las que se basaban en la tradición.
Las
autoridades de la Unión Soviética cambiaron su relación
con la Iglesia sólo cuando la existencia del país estuvo
bajo amenaza. Durante la II Guerra Mundial de los años 1941-45,
la persecución indirecta se calmó. En poco tiempo se abrieron
cerca de diez mil nuevas iglesias. En 1943, la Iglesia rusa tuvo de nuevo
su patriarca. Llegó a serlo el arzobispo metropolitano Sergei (Stragorodsky)
(1867-1944). Con su patriotismo durante los años de la guerra,
la Iglesia demostró con los hechos que compartía la suerte
del pueblo.
Es difícil definir con una sola palabra la actividad del patriarca
Sergei. Por una parte, su lealtad con las autoridades soviéticas
llegó a tal punto que el poder no contó prácticamente
más con la Iglesia; por otra, precisamente esa política
no sólo permitió conservar la Iglesia, sino que incluso
ofreció la posibilidad de un subsiguiente renacimiento.
A
principios de la década de 1960, las autoridades endurecieron de
nuevo la política contra la Iglesia. Aunque la oleada de persecuciones
se calmó, el número de iglesias siguió disminuyendo
(de 7523 en 1966 a 6794 en 1986). La recuperación de la actividad
de la Iglesia ortodoxa rusa comenzó nuevamente en 1987.
Ahora la ortodoxia une a personas de diferente educación y formación,
a representantes de varias culturas y nacionalidades, a seguidores de
distintas ideologías y doctrinas políticas. Entre los teólogos
y grupos de fieles disgregados pueden surgir divergencias en cuestiones
que afectan a la dogmática, la vida interior de la Iglesia, las
relaciones con otras religiones, etcétera. A veces, el mundo irrumpe
en la vida espiritual de la Iglesia y le impone sus prioridades y valores.
En otras ocasiones, es el comportamiento de algunos fieles ortodoxos el
que se convierte en un obstáculo patente en el camino de las personas
hacia la ortodoxia.
La historia da fe de que la Iglesia Ortodoxa ha sobrevivido en las situaciones
históricas más complicadas. Las condiciones jurídicas
y económicas, las doctrinas ideológicas pudieron favorecer
su vida espiritual y su servicio general, o bien obstaculizarlos. Pero
estas condiciones no fueron nunca plenamente favorables, y no influyeron
nunca decisivamente en la ortodoxia. El contenido de la vida interior
de la Iglesia quedó delimitado, ante todo, por su fe y enseñanza.
El patriarca de Moscú y de todas las Rusias Aleksei II ha dicho:
"La iglesia no ve su misión en la organización social...
sino en el único servicio, mandado por Dios, a favor de la salvación
de las almas. Este es su objetivo principal que ha cumplido en todas las
épocas, bajo todas las formaciones estatales". |