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La época de Pedro I también fue crucial para la Iglesia
Ortodoxa Rusa. El giro dramático de la vida de la Iglesia, estrechamente
ligado a la vida del estado, estaba condicionado por un marcado cambio
de la ideología estatal. Como los historiadores de la Iglesia recuerdan,
en Bizanzio y en Moscú la Iglesia y el estado "hablaban" la misma
lengua. Èsta era la lengua de la teocrática sinfonía
bizantina. A partir de Pedro I, el estado adquirió el lenguaje
del absolutismo occidental y la correspondiente percepción del
mundo.
La jerarquía eclesiástica y el pueblo de la Iglesia veían,
como antes, en el zar ruso la cabeza del imperio ortodoxo, cuyo sentido
principal de la existencia comprendía la conservación de
la ortodoxia. Pero el estado veía de otra manera sus relaciones
con la Iglesia. El estado proclamó como objetivo principal el "bien"
de los súbditos; pero, al mismo tiempo, el propio estado delimitaba
tal "bien", y el sentido de la existencia de la Iglesia veía en
este hecho que, a través de él, se podía influir
en las costumbres generales.
Ya que las costumbres y el comportamiento de los súbditos son una
de las preocupaciones del estado, la Iglesia según el parecer de
las autoridades laicas cumple las correspondientes obligaciones con respecto
al estado. Bajo los sucesores de Pedro I, la Iglesia pasó a ser
el "Ministerio para la confesión ortodoxa." Este nombre fue colocado
en los documentos del nuevo y más elevado órgano de gobierno
eclesial: el Sínodo sagrado, fundado en 1721.
Más de 20 años después de la muerte del patriarca
Adriano (1690-1700), la Iglesia rusa no tenía presidente. Sus funciones
las cumplía de forma temporal Stefan Iavorski, arzobispo metropolitano
de Riazan. Deliberadamente, el zar Pedro no tenía prisa en elegir
al nuevo patriarca, esperando que la gente se acostumbrara a su ausencia.
No sólo el sínodo santo reemplazó al gobierno patriarcal.
Este órgano se sometía indirectamente al gobierno. El estado
ruso se volvió un imperio, pero no según el modelo bizantino
con dos cabezas, sino según el modelo occidental: con una sola
cabeza laica.
En las actividades del Sínodo, cuyos miembros eran personas del
orden clerical, también participaba un laico: el procurador general,
"ojos y orejas" del poder laico. En el siglo XVIII, con su moda del libre
pensamiento, entre los procuradores generales se encontraban hasta ateos
convencidos. En el siglo XIX, el procurador general pasó a ser
presidente real del Ministerio para la confesión ortodoxa.
En el siglo XVIII, la Iglesia fue privada de casi todas sus propiedades
de tierras, y sus bienes fueron controlados por el gobierno. El bienestar
de los jerarcas, especialmente los que fueron miembros del Sínodo,
dependía del sueldo estatal. Los presbíteros fueron obligados
a denunciar a las autoridades todo aquello que podía ser peligroso
para el sistema estatal. Si estas noticias se recibían durante
la confesión (cuando el presbítero se pone delante de Dios
como testigo del arrepentimiento del hombre por los pecados cometidos),
entonces el sacerdote debía romper el secreto de confesión,
algo que, según las leyes eclesiásticas, es delito. El reforzado
control burocrático, junto con la prepotencia de las autoridades,
convirtió al clero en una "clase social asustada". Y su autoridad
en la sociedad comenzó a decaer.
En esta época, un misterio acompaña la vida de la Iglesia
en el período sinodal: ser obediente a los nuevos órdenes
es algo que, en profundidad, la Iglesia no aceptó nunca. Esta ausencia
de aceptación no se manifestaba en protestas activas o pasivas
(aunque también tuvieron lugar tales procesos y, como consecuencia
de ellos, bastantes jerarcas y laicos pagaron con su propia cabeza). Como
contrapeso a la presión policíaca y burocrática,
en la Iglesia nacieron procesos en los que se entreveía la plenitud
de la libertad espiritual interior.
Así, la Iglesia rusa del siglo XVIII fue iluminada por la sabia
mansedumbre de san Tikón de Zadonsk (1724-1783). Como obispo, se
distinguió por un desinterés absoluto, una modestia incomparable,
un especial talento en la educación del clero, en el que no admitía
los castigos carnales habituales en aquella época. San Tikón
se hizo célebre como escritor eclesiástico, iluminador y
hombre de caridad. Los últimos dieciseis años de su vida
los pasó "jubilado" en el monasterio de Zadonsk, pero, de hecho,
trabajando sin parar, uniendo la vida de oración al escribir, acogiendo
a los peregrinos y curando a los enfermos.
Precisamente en esta época se inicia el renacimiento de una especial
empresa heroica de los monjes: la oración silenciosa o "acción
mental". Esta tradición, nacida en Bizancio y casi totalmente desaparecida
en la Rus en el siglo XVIII, se conservó en el monasterio del monte
Athos. De allí la llevó a las tierras de Moldavia un monje
ruso: Paisy Velichkovski, más tarde archimandrita del monasterio
de Niamez en los Cárpatos. Es conocido por sus trabajos espirituales
y bíblicas.
El principio del siglo XIX está marcado por la silenciosa fama
del venerado Serafín de Sarov, hacedor de milagros (1759-1833).
Sus ingenuas conversaciones con los peregrinos son ejemplo de la iluminación
sin libros, que permitió la comprensión de la fe ortodoxa
tanto a la gente simple como a los estudiosos.
El siglo XIX es la época de floración de los staretz. En
la jerarquía eclesial no hay un grado denominado staretz (maestro
y director). No se puede ordenar a nadie como staretz, ni simular serlo;
el staretz sólo puede ser reconocido por el pueblo de la Iglesia.
Tal nombre lo recibieron personas individuales. De una gloria particular
se han cubierto los staretz del Desierto de Optina, que se convirtió
en lugar de auténtica peregrinación de la gente simple y
la inteligencia. Los staretz fueron, ante todo, monjes, representantes
del clero negro. Pero también son conocidos los staretz del clero
blanco, que estaban casados, como, por ejemplo, el sacerdote moscovita
Aleksei Meciov, muerto en 1923.
El período sinodal en la historia de la Iglesia rusa es una época
de aparición de toda una red de instituciones escolásticas
y, entre ellas, también academias. En el siglo XIX, los profesores
de estas academias podían honrar a cualquier universidad, e incluían
a muchos estudiosos famosos.
En este período, en la sociedad, que a veces estaba casi unida
ideológicamente, aparecieron tendencias ideológicas de varios
tipos, muchas de las cuales eran abiertamente contrarias a la Iglesia.
El desarrollo del capitalismo en Rusia y los cambios de las condiciones
de vida destruyeron la habitual ritualidad cotidiana, ligada a las formas
históricas de la ortodoxia. La estrecha unión entre el estado
y la Iglesia en Rusia tuvo como resultado que las complicadas estructuras
sociales, administrativas e, incluso, económicas se confunderan,
en su mayoría, con la ortodoxia en la conciencia de la gente. Por
ello, la defensa de estas estructuras y relaciones fue entendida por muchos
como una defensa de la fe y su falta de aceptación se entendía
como renegar de la Iglesia. La defensa de la Iglesia por parte del estado
se realizaba a veces con medios violentos y torpes, que sólo producían
daño a la ortodoxia a los ojos de las personas de otras confesiones
o a quienes no la conocían bien.
Por ejemplo, durante mucho tiempo los funcionarios estatales estuvieron
obligados a presentar a las propias autoridades información sobre
si el presbítero había observado el ayuno en el tiempo prescrito
y si recibía los sacramentos ortodoxos; existían leyes que
amenazaban con un castigo por pasar de la ortodoxia a otra fe, como, por
ejemplo, los "viejos creyentes". De los contrastes de la Iglesia rusa,
de lo destructivo de su formalismo en la observación de las órdenes
eclesiásticas, de la corruptora influencia sobre su vida de los
intereses y humores laicos escribieron los santos rusos del siglo XIX
san Ignacio Brajcianinov, san Teófano el Recluso y otros. En la
Iglesia maduraron muchos problemas que exigían una decisión
conciliar.
Sin embargo, las autoridades consideraban inoportunas la convocatoria
del concilio local y el restablecimiento del patriarcado en la Iglesia
rusa. El concilio sólo tuvo lugar tras la revolución de
febrero de 1917. |