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Las decisiones del Concilio de 1666 encontraron una fuerte contestación
por parte del clero y de los laicos. Los creyentes no lograban entender
la lógica de la acusación que se hacía al viejo ritual
y a los viejos libros. Parecía que durante siete siglos después
del bautismo de la Rus en la Iglesia rusa florecían las herejías,
seguidas por los santos reconocidos en todas partes. No fue fácil
reconciliarse con este hecho.
Los seguidores de la "vieja fe" declararon "heréticos", a su vez,
a los reformadores. Hasta el modo de escribir el nombre de "Jesús"
(Iisus: con dos "ies" y no con una, como antes), la corrección
de la ortografía y la gramática de los textos eslavos, su
acercamiento a las normas de la lengua rusa de aquel tiempo, fueron tratados
como "herejía".
Al principio, las autoridades actuaban, ante todo, persuadiendo. Por parte
de los enemigos de las reformas se exigía no tanto el rechazo de
los mismos libros y rituales antiguos cuanto las acusaciones dirigidas
contra los oponentes reformadores de la apostasía de la justa fe.
Pero la protesta de los "viejos creyentes" llegó a ser cada vez
más tenaz. Tras las persuasiones y deportaciones, las autoridades
pasaron a las encarcelaciones y a crueles castigos.
En el pueblo tuvo un fuerte eco la protesta de los monjes del Monasterio
de Solovki. Habían rechazado firmemente aceptar los nuevos libros
y rituales. Para obligar a los monjes a rendirse, en 1668 el ejército
del zar trató de cortar todas las vías de abastecimiento
de alimentos al monasterio. Como no pudieron resistir la presión
del largo asedio, los monjes fueron los primeros en abrir fuego en 1670,
época en la que los ejércitos cumplían la orden de
"no disparar contra el monasterio." Sólo en 1676 el ejército
penetró en el monasterio y castigó duramente a sus defensores.
No mucho tiempo antes de esto, dos mujeres famosas, vecinas de la corte
del zar, hermanas de descendencia boyarda de la familia Sokovniny, aceptaron
la muerte por sus convicciones: la boyarda Feodosia Morózova y
la princesa Evdokia Urusova. Fueron desterradas a otro monasterio, en
el que murieron de hambre en 1675. Muchos confesores de la "vieja fe",
menos conocidos que los dos citadas, fueron martirizados.
La
"escisión" llevaba detrás gente excepcional. Los jefes de
los "viejos creyentes" los protopopes Avvacum y Lázaro, el presbítero
de Suzdal Nikita Pustosviat, el diácono Fiodor, el fraile Epifanio
y otros fueron predicadores de gran valor y personas de excepcional ánimo.
Comenzaron las protestas contra la violencia del poder terrenal sobre
el espíritu del hombre y sobre su conciencia, pero en esta oposición
ambas partes se mostraron igualmente parciales y predispuestas. Los "viejos
creyentes" siguieron la idea de la "tercera Roma" no menos que los reformadores.
Pero, según ellos, la aceptación de los "deteriorados" modelos
griegos era testimonio de la traición de tal idea. La "tercera
Roma" es una realidad última: "la cuarta no existirá", pues
destruir esta realidad corresponde solamente a la obra del Anticristo
poco antes del Juicio Final. Si el "deterioro" de la fe llega desde la
cima del poder de la "tercera Roma", se trata de una señal evidente
de que ha empezado el reino del Anticristo. El terror ante ello obligó
a todos a ver diferencias en la fe también allí donde esencialmente
no existían.
La escisión con la Iglesia-madre, declarada por los "viejos creyentes"
o "seguidores de los viejos rituales" refugio del Anticristo, repercutió
sobre los jefes de la escisión tanto como el servilismo ante el
poder sobre los defensores de la línea oficial. El recíproco
endurecimiento influyó destructivamente en la conciencia cristiana.
Al principio de su lucha, el arcipreste Avvacum acusó a las autoridades,
con toda razón, de infringir los mandamientos de Cristo: "¡Con
el fuego, con el látigo, con la horca quieren fundar la fe! No
sé qué apóstoles han enseñado eso. Mi Cristo
no ordenó a los apóstoles enseñar así." Del
modo casi pasmoso en que cambió su concepción del mundo
en los últimos años de su vida habla la carta al joven zar
Fiodor, hijo de Aleksei. Abbacum escribió a propósito de
sus enemigos: "Si tú me lo permitieras, yo sacrificaría
en un día, como a perros, igual que el profeta Elías, a
estos asquerosos sementales." La referencia a la imagen veterotestamentaria
del profeta Elías no es casual. En el Antiguo Testamento, las narraciones
de los hechos crueles eran una veraz representación de las crueldades
de nuestro mundo, crueldades que penetran la conciencia y la percepción
del mundo de todos los hombres, incluso de aquéllos que escribieron
los textos de la Sagrada Escritura y tuvieron parte en los acontecimientos
descritos por la Historia Sagrada.
La plenitud de la elevación divina en Cristo mostró lo ajena
que es esta crueldad al cristianismo. La perdida de la misericordia cristiana
de los jefes de la escisión testimoniaba su error, aunque, por
otro lado, no justificaba a los opresores de los cismáticos.
En abril 1682, por orden del zar, a Avvacum y a sus seguidores se les
dio una terrible muerte: fueron quemados vivos. En aquel año se
realizaba la vuelta final de las autoridades a la política de sofocar
por la fuerza a los cismáticos.
Tras la muerte del zar Fiodor, hijo de Aleksei, fueron proclamados zares
sus dos hermanos, Iván I y Pedro. En Moscú estalló
la rebelión de la guardia imperial, cuyos jefes eran "protectores
de las costumbres antiguas". No sufrieron ningún castigo, ya que
prácticamente no existía aún un poder supremo en
el estado. Esta situación permitió que los jefes del cisma
lograran conseguir el permiso del patriarca Joaquín para la pública
competición de los "viejos creyentes" con los seguidores del "nuevo
ritual". Tuvo lugar inmediatamente después de la coronación
de los jóvenes zares. La preparación del debate estuvo acompañada
por los tumultos del pueblo. Durante la competición, un presbítero
de los "viejos creyentes", Nikita Pustosviat, en presencia de la familia
imperial, atacó y golpeó a Atanasio, obispo de Colmogorks.
La delegación de los viejos creyentes fue perseguida por los edificios
imperiales. Pronto se iniciaron las detenciones y las secuencias de muerte
de los jefes de la rebelión de la guardia imperial. El Concilio
de 1682, convocado por el patriarca Joaquín, estableció
un sistema de represalias contra los "viejos creyentes." Y en 1685 se
proclamaron 12 órdenes que prescribían confiscar los bienes
de los "viejos creyentes" y flagelarlos y deportarlos; y la pena de muerte
esperaba a quienes, después del inicio de las reformas, "volvían
a bautizar en la vieja fe" a las personas bautizadas. |