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La vuelta, en el siglo XVII, al estado ruso de la ruina
de los Tiempos turbios trajo de nuevo a primer plano la ideología
teocrática bizantina sobre el estado.
El zarismo de Moscú se convertió en el principal protector
de los otrora grandes, pero ahora seriamente decadentes, patriarcados
ortodoxos orientales de Constantinopla, Alejandría, Antioquía
y Jerusalén. La profecía del staretz Filoteo sobre el esplendor
de la "tercera Roma" parecía muy arraigada. El poder laico y eclesial
de la Rus trató de confirmar a Moscú como sucesora de la
herencia política, cultural y espiritual de Bizancio. Con este
objetivo, en el siglo XVI se inició otra vez la corrección
de los libros eclesiásticos según modelos griegos y sureslavos.
En el siglo XVII continuó este trabajo y llegó a ser especialmente
activo bajo el zar Aleksei, hijo de Miguel (1645-1676). Según estos
modelos, se introdujeron cambios en los ritos y rituales de las celebraciones.
Uno de los promotores principales de las reformas fue el patriarca Nikón,
pupilo del zar. Seguidor de la teocracia, quiso llegar a su expresión
más plena en el esplendor externo. Bajo Nikón, las celebraciones
en las catedrales centrales se volvieron especialmente pomposas e interminables.
Pero Nikón interpretó la teocracia a su modo. En su interpretación,
se sobreentendía no tanto la "sinfonía", la unión
de la Iglesia y el Estado, cuanto la nítida supremacía de
la Iglesia. Si, en la versión clásica bizantina, el poder
estatal debía expresar su sumisión a la fe y a los ideales
e intereses de la Iglesia, en la versión de Nikón este poder
estatal debía reconocer también, externamente, el predominio
de las instituciones y jerarcas eclesiásticos.
Parece que los sueños del patriarca estuvieron cerca realizarse.
Aleksei, hijo de Miguel, le dio incluso el título de "gran gobernador",
propio de los mismos zares rusos. Pero, al final, las constantes pretensiones
de Nikón hicieron desbordar la copa de la paciencia del zar, que
veía de forma muy diferente las relaciones de la Iglesia con el
Estado. En particular, creó una institución especial para
la administración de los bienes de los monasterios (el orden con
respecto a los Monasterios) y, luego, el nuevo código jurídico
de 1649 contenía las leyes que ampliaron los derechos del Estado
frente a la Iglesia, que limitaban sus incrementos en tierras, etcétera.
En el concilio de Moscú de 1666, Nikón fue acusado de denigrar
al zar y a la Iglesia rusa, de abusar de los poderes y de crueldad en
sus relaciones con los súbditos, y fue privado del orden sagrado
y enviado al destierro.
Pero las reformas eclesiásticas iniciadas durante el patriarcado
de Nikón siguieron el mismo espíritu. Los historiadores
señalan que Nikón introdujo todo lo griego, del mismo modo
que Pedro el Grande introdujo todo lo occidental. Nikón realizó
sus innovaciones con bastante dureza, sin prestar mucha atención
a las protestas de los enemigos de las reformas.
Y había cosas que reformar. En el curso de las reformas de Nikón,
se tenían en consideración, ante todo, las exigencias de
los poderes estatales y eclesiales en el proceso del máximo acercamiento
del derecho, el ritual y el rito eclesiástico a los antiguos modelos
bizantinos. Pero durante muchos siglos la Iglesia rusa se desarrolló
independientemente: en su estructura externa, en las formas de vida, en
los rituales, se notaban diferencias con otras iglesias ortodoxas. Además,
la iglesia rusa conservó muchos rituales antiguos, perdidos por
los griegos. Existían muchas traducciones de los libros eclesiales
en muchas versión, durante el proceso de transcripción de
los mismos, y no siempre salía fuera de las variantes de lectura
una correcta interpretación de los momentos difíciles.
En los siglos XV y XVI comenzaron las tentativas de ajustar los libros
litúrgicos y otros libros. Pero los correctores usaron muchas fuentes
eslavas y griegas y muchos criterios distintos durante el proceso de corrección
de los textos. Por ello, varias ediciones de uno u otro libro tuvieron
muchas diferencias esenciales, hecho que sólo aumentó la
confusión. Para tal trabajo se necesitaba una seria base investigadora,
de búsquedas históricas y textológicas. Desgraciadamente,
a causa de los asaltos de los mongoles y tártaros y de los turcos,
el nivel de educación del mundo ortodoxo bajó notablemente.
Como consecuencia, no era raro que las tentativas, por parte de individuos
instruidos, de dirigir la atención del gobierno hacia los métodos
de trabajo de los "correctores" encontraran tal reacción, que condujo
a muchos al deseo de quitarles el título de doctor.
Tampoco los monjes estudiosos, esencialmente griegos, mandados a Moscú
por los patriarcas orientales, estuvieron a la altura de su cometido.
Prefirieron tomar como modelos los textos contemporáneos en vez
de los griegos, sin preocuparse de su fidelidad. Los enemigos de las refundiciones
generales al modo griego formularon toda una serie de objeciones. Por
ejemplo, plantearon dudas sobre el hecho de que los nuevos libros griegos
correspondieran plenamente a la tradición ortodoxa.
Aún encontró más protestas la refundición
del ritual y la celebración. En la Rus, donde la educación,
y también la instrucción, no llegaban a muchos, la primera
fuente de enseñanza de la fe era la liturgia. El ritual eclesiástico,
durante mucho tiempo, y bastante firmemente, entró en la vida,
organizándola y sometiéndola, al menos idealmente, a la
acción salvífica del Salvador del mundo, a la percepción
del continuo encontrarse ante los amantes, pero también exigentes,
ojos de Dios. Ciertos gestos y palabras acompañaban al hombre desde
los primeros días de su vida hasta los últimos, fundiéndose
en su conciencia con sus emociones y percepciones. El cambio de ciertos
símbolos (que expresaban la unión del hombre con lo Alto
y lo Sagrado) a otros nunca ocurre sin dolor. Y, en este caso, tal cambio
se realizó, además, muy violentamente. En
la Iglesia rusa, solía hacerse la señal de la cruz con dos
dedos de la mano derecha, gesto que recordaba al creyente la doble naturaleza
divina y humana de Cristo. Para un ortodoxo, la señal de la cruz
es algo más que el simple memorial de la acción salvífica
de Cristo, realizada en la cruz. También es señal de la
coparticipación en la salvación, signo de la victoria sobre
el mal, expresión de la presencia de Dios en la vida humana, del
deseo del hombre de someter su propia voluntad a la del Creador y, de
este modo, al proyecto divino de la salvación del mundo. Por ello,
hasta el más simple cambio en la forma de hacer la señal
de la cruz afectaba profundamente los sentimientos de los creyentes. Por
lo que respecta a la gente, el habitual ritual ya había llegado
a ser una expresión muy natural de serias emociones religiosas.
Durante el patriarcado de Nikón comenzó a introducirse la
señal de la cruz hecha "con tres dedos": en las iglesias ortodoxas
orientales del siglo XVII ya se aceptaba en todas partes esta señal
hecha con tres dedos, casi tan antigua como la que se hacía con
dos dedos.
Poner juntos los tres primeros dedos simboliza la unidad de Dios en las
tres personas (la Santa Trinidad), y pegar los otros dos dedos a la palma
de la mano, las dos naturalezas de Cristo. El nuevo simbolismo se habría
aceptado causando menos dolor, pero la presunción de las autoridades
(que no quisieron tomar en cuenta los sentimientos de la gente) se había
convertido en mero instrumento de la realización de tal ideal.
Los organizadores de las reformas acusaron de herejía a los seguidores
de hacer la señal de la cruz con dos dedos. Los serviciales "teólogos"
fundamentaron la unión simbólica del signo de juntar dos
dedos en los dogmas de famosas enseñanzas heréticas. Se
hizo lo mismo con respecto a otras disensiones con respecto al rito y
el ritual celebrativo: a las desavenencias rituales se les dio carácter
de principios, igual que a las diferencias en la fe. Así, el mismo
Concilio de 1666 que privó a Nikón del orden sagrado confirmó
los nuevos ritos y rituales celebrativos. Los viejos libros y rituales
fueron declarados no ortodoxos. |