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Las
tierras y los pueblos unidos por el nombre de "Rus" habían conocido
el cristianismo mucho antes del año 988, cuando el cristianismo
fue aceptado por el príncipe de Kiev, Vladimir Sviatoslavic (980-1015).
Hay un testimonio (una medio leyenda encontrada en los anales) de que
uno de los príncipes rusos ya se bautizó con su pueblo en
el siglo IX. También existe una hipótesis: que los habitantes
de la Rus que se encontraban bajo el poder de los jázaros fueron
bautizados indirectamente por los iluminadores de los eslavos, Cirilo
y Metodio, durante su viaje al Principado Azaro en 858. El camino del
cristianismo hasta el corazón mismo del principado de Kiev fue
abierto por la princesa Olga, viuda del príncipe Igor. Alrededor
del año 955, ella fue bautizada en Constantinopla; de allí
trajo sacerdotes griegos y comenzó a construir en sus tierras templos
cristianos.
Pero su hijo Sviatoslav no vio necesario el cristianismo y honró
a los viejos dioses. Así que el mérito de fortificar la
ortodoxia en la Rus queda destinado al príncipe Vladimir, uno de
los hijos de Sviatoslav.
El
hecho de que Vladimir aceptara el cristianismo no estaba totalmente libre
de ventajas políticas. El emperador bizantino Basilio II (976-1025),
que buscaba aliados contra el pretendiente al trono, general Barda Foca,
solicitó ayuda a Vladimir de Kiev, consintiendo darle como mujer
a su hermana Ana. Pero Vladimir no podía casarse con la princesa
sin haber aceptado el cristianismo, y tal alianza pudo elevar mucho la
condición política de los príncipes de Kiev.
Para ellos, Bizancio era símbolo del poder, la riqueza y el esplendor
imperial, como lo era también para otras naciones cercanas que
apenas empezaban a construir su organización estatal. La versión
más difundida del bautismo de la Rus es la siguiente: Vladimir
derrotó a los jázaros, aliados de Foca, pero los griegos
no tuvieron prisa en cumplir las promesas. El príncipe los "estimuló"
tomando la ciudad de Korsun (Jersones), la cual, no sin una pizca de ironía,
le fue ofrecida como "regalo de bodas" (el rescate por la novia). El imperio
podía mitigar su propia vanidad sólo con el hecho de que
formalmente adquiría un nuevo súbdito. Vladimir recibía
un título imperial de tercer grado, que le introducía automáticamente
en el sistema jerárquico del imperio. La boda "diplomática"
del príncipe ruso con la princesa bizantina podía asegurar
durante mucho tiempo el orden y la paz en las fronteras septentrionales
de Bizancio y el predominio inicial de los sacerdotes y religiosos griegos
en la Rus daba a Constantinopla la posibilidad de influir en los imprevisibles
"rusos" gracias a la autoridad de la Iglesia.
Al final del verano del año 988, Vladimir reunió a todos
los habitantes de Kiev en la ribera del río Dnieper, en cuyas aguas
los sacerdotes bizantinos bautizaron a todos. Este acontecimiento ha pasado
a la historia como el "bautismo de la Rus", y ha señalado el principio
de un largo proceso de fundación del cristianismo en las tierras
rusas.
Los anales rusos cuentan testimonios populares sobre cómo eligió
la fe el príncipe Vladimir. Estas leyendas han transmitido a su
manera el cuadro real de la actividad diplomática de la corte principesca
de Kiev. Los príncipes de Kiev no sólo mantuvieron contactos
con Bizancio, sino también con el Principado Azaro, con Roma, con
los países de Europa Occidental, con las naciones musulmanas y
con los eslavos del sur. Estas relaciones estaban vinculadas a la búsqueda
del camino del desarrollo estatal, con la delimitación de la orientación
política, cultural y espiritual de Kiev. Entre las causas que han
influido en que la Rus eligiera Bizancio como modelo para la construcción
del estado, también ha desempeñado un papel importante la
grandiosidad del ritual oriental. En los anales se cuentan las impresiones
de la delegación rusa en Constantinopla con respecto a la liturgia
ortodoxa: los rusos no sabían si estaban en la tierra o en el cielo.
La Iglesia bizantina les impresionó con la belleza celestial de
las iglesias, con la grandiosa magnificencia de la liturgia. No mucho
tiempo antes de todo esto, en el año 986, el príncipe Vladimir
había hablado con los embajadores de Bulgaria (la que está
alrededor del Volga) sobre el Islam, había hablado con los misioneros
de Roma, con los predicadores jázaros del judaismo y, en fin, con
un "filósofo griego" misionero ortodoxo. Nos basta la narración
folclórica de los anales para constatar que el viraje de conciencia
del príncipe de Kiev ya estaba madurando mucho tiempo antes del
bautismo de la Rus.
Tras el bautismo de Vladimir en Korsun, este jefe y guerrero severo, que
había elegido el poder e iba hacia él en un camino lleno
de cruel lucha, que tenía seis mujeres e incontables concubinas,
que no prohibía sacrificar hombres a los ídolos, aceptó
sinceramente la enseñanza de la Iglesia sobre el pecado y las palabras
de Cristo sobre el amor y la misericordia. El bautismo había transformado
a Vladimir por completo. Hasta llegó a pensar seriamente en anular
la pena de muerte para los bandoleros, "teniendo miedo de pecar". Los
mismos jerarcas eclesiásticos apenas pudieron convencer al príncipe
de que no diera este paso, del que no se había oído hablar
nunca hasta aquel momento en la historia de la humanidad. El gobierno
de Vladimir es conocido por la aparición en la Rus de la "caritas"
cristiana, que empezaba ya en el poder estatal: el príncipe ayudaba
a construir hospitales y refugios y cuidaba del sustento de los pobres.
También las construcciones de las iglesias fueron hechas con apoyo
del principado, se fundó la primera escuela y comenzó la
preparación del clero ruso.
La Iglesia rusa venera al príncipe Vladimir como santo y compara
sus acciones a las de los apóstoles. Con esto no sólo se
determinan sus méritos en la implantación del cristianismo,
sino también su transformación interior espiritual y moral,
comparable con la que experimentaron los apóstoles. El príncipe
de Kiev supo superar los límites de la fe "natural" popular: supo
romper con la divinización de las fuerzas de la naturaleza y con
el miedo de su poder, y supo creer en Aquél que fue voluntariamente
a los sufrimientos y a la muerte por el amor y la salvación del
hombre y el mundo. Supo creer con sinceridad y fortaleza, y arrastró
consigo a todo el pueblo. |