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El principio de la vida de la Iglesia en el mundo eslavo está ligado
a la obra de dos monjes iluminadores del siglo IX: los santos Cirilo y
Metodio. Los hermanos Constantino (el nombre de Cirilo lo adoptó
Constantino sólo después de la iniciación en la vida
monastica, no mucho antes de su muerte) y Metodio (en el mundo le llamaron
originariamente Miguel) eran descendientes de una conocida familia griega
de Tesalónica. En el siglo IX, en aquella ciudad vivían
muchos eslavos y los dos hermanos parece que conocían la lengua
eslava desde su infancia. De una especial preparación escolar pudo
jactarse Costantino, que recibió luego el sobrenombre de Filósofo.
Estudió junto al hijo del emperador Miguel III y uno de sus maestros
y protectores fue un célebre teólogo, patriarca de Constantinopla:
Focio.
A los dos hermanos les atraía la vida monástica y quisieron
dedicarse al estudio en el silencio de la celda de un monasterio. Pero
la Iglesia y el Imperio exigieron de ellos otro tipo de servicio. Así,
Cirilo fue enviado en misión religioso-diplomática a los
árabes y los jázaros. En uno de sus viajes al Principado
Azaro, Cirilo coincidió con su hermano Metodio. Como resultado,
el príncipe Azaro les permitió que sus ciudadanos recibieran
el bautismo. Los hermanos bautizaron personalmente a 200 personas. Según
el parecer de algunos historiadores, los bautizados fueron sobre todo
eslavos.
Tras volver a Constantinopla, Cirilo empezó el trabajo de creación
del alfabeto eslavo (que recibe el nombre de glagoliza o glagolítico)
y también la traducción de la Sagrada Escritura en un dialecto
eslavo usado en el sur de Tesalónica. Tomando como base de las
traducciones de Cirilo y Metodio, se creó por primera vez la lengua
eslava escrita y literaria, el llamado paleoslavo.
En aquel tiempo, las traducciones de textos litúrgicos del latín
y del griego a otras lenguas ya no eran una novedad: las liturgias se
celebraban en paleogieorgiano, armenio, siríaco, copto y gótico.
Los griegos Cirilo y Metodio, en sus proyectos de iluminar al mundo eslavo,
que conocía ya parcialmente el cristianismo, no se basaron en las
ideas nacionalistas, sino en las de la Iglesia Universal, en la que "no
hay ni griego, ni Judío" y que está llamada a llevar
la buena noticia "hasta los confines del mundo". Con
la ayuda del gobierno imperial, tanto clerical como laica, Cirilo y Metodio,
a petición del príncipe de Moravia, Rostislav, partieron
el año 863 hacia la misión en Moravia. Allí edificaron
la vida eclesial, llevaron a la fe a los moravos, enseñaron el
alfabeto eslavo, tradujeron los textos litúrgicos en paleoslavo
e hicieron celebraciones en esta lengua.
Después de tres años, en compañía de estudiantes
moravos, que se preparaban para la ordenación sacerdotal, Cirilo
y Metodio partieron hacia la patria, pero se detuvieron en Panonia (parte
suroeste de Hungría), dónde continuaron su actividad misionera.
En 867, tras recibir de Constantinopla la noticia del golpe de estado
en la corte imperial y la destitución de su protector, el patriarca
Focio, los dos hermanos decidieron ir a Roma.
El papa romano Adriano II apoyó plenamente su iniciativa. Cirilo,
débil de salud, no soportó las dificultades del largo viaje
y murió en Roma en 869. Metodio, en cambio, fue ordenado arzobispo
de Panonia y se estableció en la propia diócesis, bajo el
principado de Kocel. Todavía en Moravia la actividad de los hermanos
estuvo llena de dificultades por la adversidad del clero latino-alemán,
no contento por la "eslavonización" de la liturgia. En
el siglo VIII, uno de los grandes concilios de la Iglesia Occidental prohibió
el desarrollo de las celebraciones en todas las lenguas, salvo en latín,
griego y hebreo antiguo. Metodio fue acusado de violar los cánones
eclesiásticos y estuvo en prisión durante cerca de tres
años. El nuevo papa Juan VIII insistió en liberar a Metodio
y le nombró arzobispo de Moravia, pero le prohibió desarrollar
las liturgias en paleoslavo. Esta prohibición (a propósito,
nunca aceptada por Metodio), fue levantada formalmente en el año
880.
Tras la muerte de Metodio, en 885, sus discípulos en Moravia fueron
perseguidos, y los que sobrevivieron encontraron refugio con el príncipe
búlgaro Boris. Y es precisamente en Bulgaria donde encontró
su continuación la obra de Cirillo y Metodio en el mundo eslavo.
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