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Los
personajes en los iconos tienen una majestad hierática. Son como
una tercera belleza, intermedia entre la fotografía y el lenguaje
abstracto. En general son vestidos con gran elegancia, según el
estilo bizantino, aunque no faltan iconos en los que aparecen algunos
santos desnudos cubiertos solo por su luenga barba que llega hasta los
pies; las figuras son esbeltas, los rasgos iluminados, la frente ancha,
los ojos profundos, los oídos atentos.
Todo el mensaje está en el rostro, donde se descubre la imagen
de Dios en el hombre. Los personajes son figuras hieráticas, inmóviles
como quien contempla y se deja contemplar. La carne nunca tiene el color
natural. Es como una transfiguración de la naturaleza humana que
anuncia la resurrección de los muertos.
En Cristo y por medio de Cristo, Dios se hace rostro. Rostro único
es el rostro de los rostros.
Una cara única se repite a través de los rostros icónicos
de los santos. En Cristo y por Cristo se revela la cara eterna de cada
ser humano. Un rostro único, modelo interno de cada rostro icónico.
Despejada del naturalismo, la cara humana se transforma en un disco plano
rodeada de una aureola dorada. La estética del icono le da preferencia
a la posición frontal del personaje. De frente, el rostro del santo
alberga silencio y oración. Oración pura y fuera de todo,
el ser se dedica a un único pensamiento. Los ojos inmensos contemplan
al espectador. En la acogida, la mirada es el lugar de un encuentro vivo.
Del rostro visto de frente al rostro visto de tres cuartos, la posición
cambia, la mirada permanece.
El rostro por detrás está excluido. Raramente los santos
son representados de perfil. El perfil evidencia una ruptura, interrumpe
la comunión de los ojos. Solo son pintadas así las personas
que no han alcanzado la santidad. El perfil es a menudo símbolo
de la tentación, símbolo del espíritu de la duda,
como el pastor dibujado de perfil que conversa con San José en
el icono de la Natividad. En la cena mística solo Judas es representado
de perfil. Mientras los discípulos contemplan a su Señor
y al mismo tiempo al que se aproxima al icono, Judas, con otra mirada
permanece ajeno a la comunión.
Rostro único: “mirada única” evocada en el Cantar
de los Cantares. “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si
tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso”.
(Mt. 6, 22)
Purificados y santificados, los ojos del alma penetran lo invisible. “
Aquel que solo tiene el ojo del alma, solo mira el bien y tiene la mirada
aguda y penetrante” (Gregorio de Niza).
Un ojo icónico cristaliza esta visión. La Biblia otorga
al profeta la calidad de “vidente”, “aquel que ve”,
“centinela”. El santo del icono mira, ve, vigila y observa.
Las cejas arqueadas rodean los grandes ojos inmóviles. El ser se
consuma en el fuego de la contemplación.
Los poderes sensoriales se interiorizan. Los labios son finos y siempre
cerrados. El Hijo es “el Verbo surgido del silencio”(Ignacio
de Antioquía). “El amigo del silencio se aproxima a Dios;
en el secreto se entretiene con él y recibe su luz ”(Juan
Clímaco). A imagen de los ángeles, los santos son los “portadores
del silencio divino” como luces reveladoras puestas por el Inaccesible
para hacerlo manifiesto a la entrada misma del santuario. El icono de
“San Juan en el silencio” expresa el secreto de la expresión
de los labios sellados, motivo muy tratado por los grandes iconógrafos
de todos los tiempos.
La nariz fina se reduce a un hilo luminoso que conecta la boca con los
ojos. El claroscuro es rechazado y los cuerpos no proyectan sombra puesto
que la luz divina “desciende del Padre de las luces, junto al cual
no hay cambio ni sombra de variación”. Las orejas son reducidas
y como interiorizadas: el ser escucha al corazón como la madre
de Dios que “guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón”
(Lc. 2, 19).
La masa de los cabellos forma modulaciones armoniosas que encuadran el
rostro y lo imponen.
Los cuerpos desnudos son asexuados, son cuerpo interior. Desprovistos
de su volumen material, los cuerpos aligerados de los santos, desnudos
o cubiertos bajo los suntuosos hábitos litúrgicos, acentúan
el carácter hierático de los rostros que portan.
Una presentación de la exposición de los iconos del Vaticano,
de Diciembre de 1989 a Enero de 1.990, describe así la estética
del icono que se concentra en los rostros: “El centro de la representación
es siempre el rostro; es el lugar de la presencia del Espíritu
de Dios, porque la cabeza es la sede de la inteligencia y de la sabiduría.
El rostro se construye en torno a tres círculos: el primero, normalmente
dorado, contiene la aureola, símbolo de la gloria de Dios, el segundo
comprende la cabeza y en ella aparece la frente como sede de la sabiduría,
muy alta y convexa de forma que aparezca la fuerza del espíritu;
el tercer círculo comprende la parte sensual del rostro y expresa
la naturaleza humana de la que el personaje representado se ha revestido
durante su vida. Los ojos, cuya mirada se irradia hacia el espectador
y contiene concentrada toda la atención, son grandes, fijos y severos.
Las narices son delgadas, vibrantes bajo el soplo del espíritu
y manifiestan el amor apasionado por Dios. La boca es diminuta, a veces
está dibujada en forma geométrica y está siempre
como cerrada en el silencio de la contemplación”.
“Dios ha iluminado nuestros corazones para que brille el conocimiento
de su gloria que está en el rostro de Cristo”. (2 Cor.
4,6)
El icono es alabanza. Su belleza se encuentra en su contenido dogmático.
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