El apóstolo San Lucas diseña el icono de la Madre di Dios

El iconografo
El apóstolo San Lucas diseña el icono de la Madre di DiosEn la Hermenéutica de la Pintura, Dionisio de Furná, iconógrafo del siglo XVIII que vivió en el Monte Athos (*), pero que expuso todo lo que se transmitía sobre el tema y la didáctica de los iconos desde muchos siglos antes, da estas normas en sus primeras páginas: “El que quiera aprender el arte de pintar instrúyase y ejercítese en él por sí mismo durante algún tiempo pintando aunque sea sin normas, hasta que llegue a ser un experto. Después invoque al Señor Jesucristo y haga una oración ante la Madre de Dios, la Odigitria. A continuación que el sacerdote lo bendiga.”.
Se ve, pues, claro que, a parte de tener talentos naturales y experiencia de artista, el que pinta los iconos (o mas bien el que los “escribe”, que es lo que quiere decir literalmente iconógrafo), debe tener también una preparación espiritual y estar en contacto con la iglesia que no solo la bendice sino que orienta su trabajo.
Una decisión conciliar del siglo VIII, definió con toda claridad que la iconografía no fue inventada por pintores, sino que es una tradición y una norma en la Iglesia. En el sentido riguroso del término, solo los santos pueden componer iconos. De hecho, es probable que las manos de los iconógrafos estén guiadas por santos, cuya experiencia les ha permitido encarar visiones celestes. La contemplación de lo celeste no ha sido jamás extraña al mismo pintor, y la historia de la Iglesia cuenta con iconógrafos santos. A ellos pertenece la creación del icono. Respecto a los que copian, no se les puede exigir la mirada solar del águila. Sin embargo es necesaria una cierta espiritualidad para comprender la importancia y la responsabilidad de su trabajo, sino como testimonio, al menos como participación de un testimonio.
También en el icono se tiene en cuenta su componente artístico. Nadie ha de tener la presunción de pintarlo sin especiales dotes debidamente ejercitados hasta que se haga experto.
Un icono nunca debe descender por debajo de un cierto nivel, es su mínimo instrumental. Y aunque es un lugar teológico, es también canto, poesía en colores. El iconógrafo debe poseer el sentido de los colores, el oído para la consonancia musical de las líneas y las formas, un dominio sobre los medios que le permita describir el cielo. Sin embargo nunca en un icono lo relevante es lo bello sino la Verdad que desciende a él y se viste con sus formas.
Y en el caso del pintor de iconos, el arte y el talento aunque son necesarios no bastan. Se requería una tercera condición: la santidad de vida, un alma de
artista purificada por la ascesis y la oración, potenciada por una facultad contemplativa.
Los primeros pintores de iconos, no tenían conciencia expresa de los diagramas geométricos; percibían la armonía, el orden y la proporción de cada icono de manera intuitiva. Poco a poco fueron haciendo uso de manuales iconográficos y de cuadernos o cartones de calco. Los llevaban siempre consigo y tenían la obligación de adecuarse a aquellos modelos, cuya autenticidad estuviese garantizada por la tradición.
La “Santa Tradición” siempre ha tenido gran importancia en Oriente donde con frecuencia se recuerda que ha precedido a la misma redacción de los Evangelios. El icono es una de las expresiones de la Tradición sagrada de la Iglesia, lo mismo que la tradición escrita y oral.
Hubo un tiempo en que los iconógrafos fueron los monjes, ya que eran expertos en la vida espiritual. Acostumbrados a la obediencia, seguían mas fielmente las normas eclesiásticas incluso en el campo iconográfico, aunque, si eran verdaderos artistas creaban obras maestras en las que se veía clara su personalidad. En la pintura rusa se destacaron Rublev y Dionisij, así como San Alipio que vivió en los orígenes del cristianismo ruso.
La fidelidad de los iconógrafos a la Tradición permite que incluso la gente sencilla conozca enseguida los iconos iguales. Si comparamos iconos que tienen la misma composición y el mismo tema, llama la atención el hecho de que, a pesar de su semejanza no se encuentra uno que copia al otro servilmente. Cada uno tiene su propio sello. Si se pueden distinguir incluso entre iconos no firmados al menos unas cuarenta escuelas (de Moscú, de Jaroslav, de Novgorod, de éste o de aquel siglo, etc. ...) es porque el artista aún siendo fiel a las normas eclesiásticas, tenía cierta libertad, como reconoce un experto soviético: “En la antigua iconografía rusa, incluso dentro de esquemas tradicionales sobre temas bíblicos, aunque con el debido respeto a la tradición, los pintores podían añadir algo personal, enriquecer y dar una interpretación nueva a cánones antiguos, crear algo nuevo. Los iconógrafos se esforzaban por descubrir los modelos en el arte más antiguo y en la literatura, pero no se han de infravalorar los elementos nuevos que se hallan en casi toda reproducción de un tema”.
A diferencia de Occidente, donde el arte sacro se convirtió en algo más individual y menos teológico, en Oriente se formó una tradición de los Padres respecto a los iconos que han asegurado su fuerza y continuidad. Evidentemente están fundadas en una antropología y una eclesiología distintas. Recordamos una afirmación clara del VII Concilio Ecuménico que dice: “Al pintor le corresponde únicamente el aspecto técnico de la obra. En cambio, toda la ordenación (diátaxis, por lo tanto, disposición, formación, composición) corresponde claramente a los Santos Padres y depende de ellos. Esto lo hacían encargando los trabajos a los “pintores más importantes” de la región”.
“El pintor de iconos debe ser humilde, manso, piadoso; no debe ser charlatán, ni pendenciero, ni envidioso, ni bebedor, ni ladrón. Debe guardar la pureza espiritual y corporal” (deliberaciones del Concilio Moscovita de los cien capítulos, año 1551).
En los iconos hay varios niveles de arte. La mayor parte quizás son obra de artesanos. Pero el sentido de la misión del iconógrafo, la custodia vigilante de la Iglesia, la herencia de los modelos y de las técnicas hacen que los iconos, incluso cuando proceden de artistas de menor importancia, sean nobles y bellos, y puedan cumplir su cometido.

Oración que recita un iconógrafo antes de empezar a pintar un icono

Tú, Señor y Dueño divino de cuanto existe, ilumina y dirige el alma, el corazón y el espíritu de tu servidor. Guía mis manos para que pueda representar, digna y perfectamente, tu imagen, la de tu Santa Madre y la de los Santos, para gloria, alegría y embellecimiento de tu Santa Iglesia.






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