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Hasta
el siglo XII, el arte de la iconografía se mantuvo dentro de la
tradición bizantina en Oriente y Occidente. A partir de ese momento,
autores como Giotto, Duccio y Cimabue introducen al arte sagrado occidental
la ilusión óptica, la perspectiva, la profundidad, o sea,
el engaño visual.
El arte comienza a apartarse de lo trascendente, rompe con los cánones
de la Tradición y deja de integrarse al Misterio litúrgico.
Los personajes aparecen en carne y sangre; están vestidos y colocados
en ambientes contemporáneos; el relato bíblico, el hecho
milagroso son solamente la ocasión para ejecutar un retrato, una
anatomía, un paisaje; se apela a los sentimientos emocionales y
no a los sentidos místicos.
A partir del Renacimiento, los grandes estilistas se ejercitan en temas
cristianos con una total ausencia de sentido religioso; comienza el arte
subjetivo. En el siglo XVIII el arte pierde el lazo orgánico entre
contenido y forma y se funde progresivamente en la noche de las rupturas
hasta llegar a la abstracción pura.
El conocimiento se separa de la contemplación; el ser se vacía
de su contenido esencial, se desnaturaliza, se degrada. Lo real es destruido,
disociando sus elementos, se suscitan discontinuidades infranqueables.
El artista, dedicado cada vez más a la soledad, busca cierta clase
de “súper objeto” de “súper realidad”,
porque para él la simple realidad ya no se puede expresar directamente.
Se esfuerza por volver a encontrar ese lazo secreto que fue superado por
las cosas de este mundo. En el deseo de conocer el objeto secularizado,
se pierde el misterio y se llega a una abstracción docética,
al juego fantasmagórico de sombras sin cuerpo.
El coloquio de espíritu a espíritu desaparece, la visión
de la “llama de las cosas” cede sitio a la emoción,
a los arrebatos del alma, al enternecimiento.
Cuando el arte olvida el lenguaje sagrado de los símbolos y de
las presencias y trata plásticamente “temas religiosos”,
el hálito de lo trascendente no lo atraviesa.
Hoy el arte llamado sagrado que encontramos en las iglesias es el más
desprovisto de su dimensión sagrada. Es un arte funcionalmente
subjetivo cuya misión es la de expresar el sentimiento religioso.
El artista religioso representa lo que configura su fantasía, expresa
lo que siente su corazón. Así la imagen religiosa o de devoción
expresa más la realidad experimentada que la propia realidad sagrada.
La auténtica imagen sagrada, como imagen de culto, proviene del
Espíritu Santo, del Pneuma; está en una relación
especial con el hálito del Espíritu y bajo la dirección
del Espíritu sirve a Su obra en la Iglesia.
En los últimos tiempos se ve que en la acción del Espíritu
Santo, como “Una de las Manos del Padre”(San Irineo) hay una
invitación decisiva dirigida a todos los medios culturales, a fin
de reencontrar su intención original y culminar en una opción,
volver a la Fuente, a Dios mismo.
Cuando un artista se convierte en Iconógrafo, encuentra su verdadera
vocación en un arte sacerdotal, realizando el Sacramento Teofánico
y mostrando el lugar donde “Dios desciende y fija Su morada”.
En la actualidad aquél que quiere llegar a ser Iconógrafo,
debe hacer morir en sí mismo el arte tal como es concebido hoy,
debe volver su vida para Dios, para el Verdadero arte.
Para convertirse en receptáculo de la Belleza Divina, al Arte por
la Fe, el artista se debe abrir conscientemente a la Luz Divina. Para
reencontrar la Belleza cara a cara, para alcanzar el Resplandor de la
Gracia, debe sobrepasar lo sensible y lo inteligible, franquear las puertas
sagradas del templo y llegar al Icono, que es la Belleza que viene al
encuentro de nuestro espíritu para abrirlo a la proximidad ardiente
del Dios personal.
El icono, en su propio valor de símbolo, sobrepasa el arte pero
también lo identifica. Podemos admirar sin reservas las obras de
los grandes maestros de todos los siglos y hacer de ellas lo más
elevado del arte, pero el icono se mantiene aparte, como la Biblia se
sitúa por encima de la literatura y de la poesía. |