El apóstolo San Lucas diseña el icono de la Madre di Dios

Introducción a la Teología del Icono
Salvador entre las potenciasEs casi imposible entender el icono fuera del medio en que fue creado, o sea, el ámbito de la Iglesia.
El punto de partida para comprender el icono se encuentra en el fundamento de la Iglesia. Ese fundamento es la Santísima Trinidad. La Santísima Trinidad es el fundamento para la vida de la Iglesia, para su orden canónico, para el carácter de su pensamiento teológico, para su espiritualidad y para su creación artística.
“El Hijo y el Espíritu Santo, enviados del Padre, revelan la Santísima Trinidad; no de una manera abstracta, como un conocimiento intelectual, sino como una regla de vida” (L. Ouspenskyj). Gen. 18, 1-2: Se le apareció Yahvé en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día. Levantó los ojos y vio que había tres individuos parados a su vera (revelación de Dios uno y trino).
Lc.3, 23: Al comenzar su ministerio, Jesús tenía unos treinta años. Se creía que era hijo de José (revelación de su humanidad).

Lc. 9, 29: Y mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó y sus vestidos eran de una blancura fulgurante (revelación de su divinidad).

San Juan en su primera epístola dice: “Pues tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres convergen en lo mismo” (1 Jn. 5, 7). Según el texto de la Vulgata: “Pues tres son los que dan testimonio ( en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo y estos tres son uno; y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre y estos tres son uno)”.
Para la teología ortodoxa el punto de partida para confesar la Santísima Trinidad es la Persona (Hipóstasis), misterio esencial de la Revelación Cristiana, poseedora de naturaleza divina en su plenitud.
La importancia de la Persona cabe tanto para la teología del icono como para el icono mismo. Porque en la Persona del “Uno” Encarnado se basa la veneración de los iconos.
La Persona de Dios hecho Hombre es el único camino que conduce al Prototipo del icono “Yo soy el Camino... (Jn.14, 6).
Los Padres del VII Concilio Ecuménico, dicen con relación al icono: “Vimos lo que escuchamos” “El icono nos muestra silenciosamente lo que dice la Palabra”.
También sabemos por San Pablo que ninguno puede decir: “Jesucristo es el Señor si no es movido por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12, 3). Así también ninguno puede escribir el icono del Señor si no es movido por el Espíritu Santo. Pues El es el Iconógrafo Divino (iconoplastés).
Según los Santos Padres el Espíritu Santo es quien toma la Belleza que comunica el esplendor de la santidad y se revela como “Espíritu de la Belleza”.
Según San Gregorio Palamas, “En el seno de la Santísima Trinidad el Espíritu es el gozo eterno en el cual los tres se complacen juntos”. Explicita el Dogma Trinitario diciendo: “Si el Hijo es la Palabra que el Padre pronuncia y que se hace Carne, el Espíritu la manifiesta, la hace audible y nos la hace escuchar en el Evangelio; entre tanto Él permanece oculto, misterioso, silencioso, nunca habla de El mismo”.
La obra del Espíritu Santo, como Espíritu de belleza es una poesía sin palabras.
Los atributos más conocidos del Espíritu Santo son: la vida y la luz. La luz es ante todo potencia de revelación; por eso Dios revelado es llamado “Dios Luz”.Ya dentro de nuestro plano óptico, el ojo no percibe los objetos en si mismos si no es por la luz que esos objetos reciben. El objeto es visible porque la luz lo hace visible. La Palabra de Dios en el día de la creación fue: “ Haya luz”. Esta luz no es la que aparece en el cuarto día cuando Dios crea los astros, esta luz es la “luz increada” de la cual hablan los Santos Padres. “El Padre pronuncia la Palabra, el Hijo la cumple y el Espíritu Santo la manifiesta; es la Luz de la Palabra” ( S. G. Palamas). Tenemos conocimiento de esta luz a través del Génesis: “Haya Luz” (Gen. 1, 3). Nuestro Señor expresa: “Yo soy la luz” ( Jn. 8, 12). El Padre es la Luz, el Hijo es Luz, el Espíritu Santo es Luz. La Luz es la potencia de la revelación, la luz de Dios (Jn. 1, 5). La acción del Espíritu Santo condiciona todo acto en que lo espiritual toma cuerpo, se encarna, se convierte en Cristofanía ( manifestación de Cristo). El Espíritu Santo cubre a María con su sombra y la hace Madre de Dios. De la Encarnación nace el Cristo. De un bautizado nace un miembro de la Iglesia. Del vino y del pan hace el Cuerpo y la Sangre del Señor. De la Santa Faz hace un Icono. Así se convierte en Iconógrafo Divino que realiza el arquetipo del cual vienen todos los iconos. Estas acciones son “del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo” (San Basilio). La acción del Espíritu Santo coloca a la Iconografía en la condición de arte sagrado y en un camino de santificación del hombre; y por otra parte, esta acción esencialmente carismática y al mismo tiempo eclesiástica hace del icono un lugar teológico y por tanto fuente de Teología.
La oración para la Consagración del los Iconos dice: “Señor Dios, Tú creaste al hombre a Tu imagen. Ha quedado oscurecida. Mas la Encarnación la restaura y la restablece en su dignidad primera. Ahora nos inclinamos delante de los iconos, veneramos Tu Imagen y Tu Semejanza y en ellos te glorificamos”.
Por tanto, el icono se realiza teniendo en vista el Misterio de la Encarnación y está condicionado por la “Creación del hombre a imagen y semejanza de Dios”.
Por todo esto, cualquier alteración o error dogmático de la Santísima Trinidad conduce a la desacralización del arte iconográfico.
El Icono es la Teología de la Imagen. “Quien a mí me ha visto, ha visto al Padre” (Jn. 14, 9); y realiza la teología bíblica del nombre.
El nombre identifica la presencia; el nombre de Dios no puede pronunciarse en vano. El icono de Cristo, no lleva nombre, sólo letras; es el Innombrable. Este hecho se enraíza en esa noción por eso lo identifica como tal. El nombre en el icono identifica la presencia, ningún icono está terminado si no inscribimos el nombre o el título de lo que es representado. Moisés nos dice el nombre de Dios “ Yo Soy el que Soy”(Ex. 3, 14). “Yo soy”. Jesucristo nos lo hace ver, nos muestra Su Imagen y el Espíritu Santo nos lo hace entender.
En el nimbo (aureola) de Cristo se inscriben las letras O – W – N, o sea “EL Existente”: la presencia de esa inscripción resalta la naturaleza divina de Cristo y su consubstancialidad con el Padre.
“O” del griego, omicrón, Yo.
“N” del griego, ni, El Ser.
“ON” simboliza: “Yo Soy”, el Innombrable.
“W” del griego, omega, invocación, llamado, antepasado de antepasado.
“Yo soy el Alfa y la Omega”(Ap. 1, 8) Principio y Fin, Aquél que era, que es y que vendrá. Unión de Principio y Fin de la Biblia.
Todo aquél que contempla el icono del Rostro humano de Cristo, Dios hecho Hombre, contempla el misterio de la Palabra y del Nombre. El arte iconográfico es sinérgico; el Espíritu ilumina al hombre.
Todos los iconos de Cristo dan la impresión de una semejanza tal que son reconocidos inmediatamente. Mas esa semejanza no es la de un retrato. Justamente lo que se revela en cada icono de una manera única no es la individualidad humana sino la Hipóstasis de Cristo; de esta manera es única, eclesial y personal al mismo tiempo. Por eso existen tantas “Santa Faz” cuantas veces los iconógrafos las han pintado. Mas su misterio está en que siempre lo reconocemos porque es “el Rostro de los rostros” “el Rostro del Inaccesible”.Según los Santos Padres, con Cristo la belleza de los cielos desciende a la tierra; la belleza se aproxima a nosotros, viene a nuestro encuentro, se hace íntima, se avecina unida a la substancia misma de nuestro ser. Cuando nuestro espíritu se lanza buscando la Belleza de la Divinidad, encontramos el icono.
El icono no es un objeto, es la imagen visible de Cristo; es la Belleza y la Luz.
A través de la semejanza que los iconos tan misteriosamente transmiten, se reflejan los rayos inefables de la Belleza Divina.
En los iconos la belleza aparece como un sonido que viene de la profundidad misteriosa del ser, testimoniando la íntima relación entre el cuerpo y el espíritu.
La esencia deificada, que se manifiesta en toda la naturaleza creada, nos hace ver la Belleza Divina. La naturaleza se vuelve hacia nosotros, nos habla, nos confía sus sonidos y sus coros secretos, nos llena de una alegría desbordante y rompe nuestra soledad. Comulgamos con la belleza de un paisaje, de un rostro y sentimos una extraña consonancia con una realidad que, nos parece, es la “Presencia Una” de nuestra alma perdida y reencontrada.
La experiencia artística solo puede prestarnos sus ojos mostrándonos un fragmento de donde, no obstante, el Todo está presente, como el sol que se refleja en una gota de agua. Mas, conducido por la mano de Dios, el hombre a pesar de sí mismo revierte el límite de lo estético y de lo ético y lo convierte en fe. La fe nos hace ver que la verdadera Belleza no está en la naturaleza misma sino en la Epifanía del Trascendente, que hace de la naturaleza, un lugar cósmico de su resplandor.
Según los Santos Padres, en orden de la Encarnación y de la Redención, Cristo es el arquetipo de todas las formas y por eso la Belleza solo se formula partiendo de Dios.
Los santos iconos tienen su fundamento en el “Icono no hecho por mano humana”(la Santa Faz), Icono de los iconos, Belleza de las bellezas, que no expresa y nos muestra la Belleza de Dios. Cuando observamos los Santos Iconos observamos la Belleza de la Luz de Dios.
En el relato de la Transfiguración tenemos “una anticipación de la Luz del Padre, por Jesucristo, en el Espíritu santo” (San Basilio).Lo espiritual y lo corporal se integran. La Gracia es experimentada por los sentidos, la Gracia se vive, se siente como dulzura, paz, gozo y luz. Esto nos hace ver el por qué del empleo en la liturgia del canto (bizantino, gregoriano), del icono, del incienso y la materia de los sacramentos. La liturgia requiere de nuestros sentidos: nuestro oído, nuestra vista, nuestro olfato y nuestro gusto para elevarnos y devolver a la materia su dignidad primera y su destino final; nos permite comprender que nuestro “cuerpo” no es una sustancia autónoma sino que es vehículo y parte de lo espiritual.
La Belleza de Dios, que es Su Luz, no es material, ni es sensible, ni intelectual, sino que se da a sí misma y se deja contemplar a través de la Gracia de los elegidos, que por sus propios sentidos pueden “ver” a Aquél que está mas allá de ellos mismos. La luz de la Creación, del Tabor, de Pentecostés es la Única y Verdadera Luz Divina; es el Misterio del Octavo Día, Epifanía y Resurrección de Cristo. A través de los Santos Iconos, el rostro luminoso de Dios mira a los hombres. Es el Cristo transfigurado. Los Santos Padres afirman que lo que vemos en los iconos es la Hipóstasis de Cristo y de sus seguidores. Así el icono se convierte en una experiencia profundamente religiosa que nos hace ver la Luz de la Belleza de Dios.






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