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A partir del siglo VI la iconografía conoce en Oriente
una gran época de esplendor que se manifiesta en la integración
del arte con la liturgia, en la construcción y adornos de las basílicas,
entre ellas la más hermosa fue Santa Sofía en Constantinopla.
Entre los siglos VIII y IX se desata en el Imperio Bizantino la lucha
iconoclasta. Literalmente, la palabra iconoclasta significa “destrozador
de imágenes sagradas”. Esta palabra se ha usado para designar
a los enemigos fanáticos del uso y culto a las imágenes.
En el año 725, el emperador cesaropapista León III Isáurico
condena el uso de las imágenes en la iglesia con el pretexto de
que se puede caer en el error de la idolatría; en el año
729 se desencadena la lucha cuando los partidarios del Emperador destruyen
una famosa imagen de Cristo provocando con esto una reacción popular.
Se destruyen muchas imágenes, se cortan las manos a los pintores
de iconos, se produce una persecución con destierro, prisión,
tortura y martirio a los defensores de los iconos. Entre ellos se distinguen
San Germán y San Juan Damasceno.
Entre los años 775 y 780 con León IV se mitiga la lucha
iconoclasta y se restablece el culto a las imágenes. El Concilio
de Nicea II, celebrado en el año 787, clarifica la doctrina y justifica
la iconografía y la veneración de las imágenes sagradas.
En el año 813 con el Emperador León V se vuelve a encender
la lucha. La persecución contra los amantes de las imágenes
fue aún mas violenta que la
precedente.
La Emperatriz Teodora sanciona en el año 843 un edicto favorable
a la doctrina Conciliar poniendo fin a la lucha iconoclasta. Desde entonces,
la Iglesia de Oriente celebra todos los años, en la liturgia del
primer domingo de Cuaresma lo que se llama el triunfo de la Ortodoxia.
Es una fiesta en la que se confirma la validez y la importancia del culto
dado a las imágenes sagradas y durante la cual se llevan en procesión
muchos iconos.
Con la extensión del cristianismo oriental por toda la parte de
los Balcanes y en Rusia a partir del siglo IX se ramifica el arte de la
iconografía. Florecen en Rusia varias escuelas, entre ellas, la
de Moscú y la de Novgorod; en los siglos XIV y XV se destacan los
mejores iconógrafos con los nombres de Teófanes el Griego,
San Andreij Roublev, Dionisio y otros.
En Occidente tenemos una continuidad tradicional con la iconografía
oriental en los primitivos pintores italianos, en el arte románico,
catalán, etc. Como ejemplo del arte bizantino tenemos la Basílica
de San Marcos en Venecia.
Poco a poco este arte se va desintegrando hasta llegar al Renacimiento
que se aparta de la imagen teológica de Oriente en aras de una
imitación naturalista de los episodios.
Teología de la imagen
La teología de la imagen en que se inspira el arte del icono nace
de una serie de consideraciones bíblicas y teológicas:
“ Y dijo Dios: hagamos al ser humano a nuestra imagen como semejanza
nuestra... Creó pues Dios al ser humano a imagen suya”.(Gen.
1, 26-27).
La imagen supone un parecido físico que la semejanza parece atenuar.
“Cristo es la imagen del Dios invisible”(Col. 1, 15).
“A los que de antemano conoció, también los predestinó
a reproducir la imagen de su Hijo”(Rom. 8, 29).
La iconografía teológica expresa con sus figuras, símbolos
y colores la auténtica fe cristiana.
Es de carácter ecuménico porque une en la misma fe a católicos
y ortodoxos. El Papa Juan Pablo II con la carta Duodecimum Saeculum del
4 de diciembre de 1.987 y el Patriarca Dimitrios I de Constantinopla con
su carta Encíclica sobre los iconos, del 14 de septiembre de 1.987
dirigidas ambas a la Iglesia Universal han puesto un hito en la historia
y en la teología del arte sagrado iconográfico, con una
invitación a apreciar los tesoros de la tradición, a no
vanalizar lo que es expresión y vehículo de la belleza que
nos lleva al “Autor” de la misma.
En el Antiguo Testamento había una prohibición de pintar
imágenes de Dios para no incurrir en una deformación de
la imagen inmaterial y espiritual del Dios único y verdadero (Deut.
4, 15-20).
Desde el punto de vista teológico el icono original es Cristo,
revelación y rostro de Dios: “El que me ha visto a mí,
ha visto al Padre”(Jn. 14, 9).
El Espíritu Santo es reconocido como iconógrafo interior,
aquel que graba en nosotros la imagen de Cristo.
María es icono, imagen, tipo y modelo de la Iglesia, es la imagen
más pura en la que contemplamos todo lo que la Iglesia desea alcanzar.
Representa la encarnación.
El hombre es icono de Cristo, por cuanto refleja su imagen. La teología
del icono, por tanto, se fundamenta básicamente en la realidad
de la Encarnación.
Cuando el apóstol Pablo formula el fundamento cristológico
del icono diciendo: “Cristo es la imagen visible del Dios invisible”
(Col. 1, 15) está diciendo en otras palabras, la humanidad visible
del Señor es la imagen de su divinidad invisible. Así, la
imagen (icono) del Señor aparece como la imagen de Dios y del hombre,
es decir, como la representación del Dios-Hombre. El razonamiento
subyacente aquí, es que, ya que el Hijo es por su divinidad la
imagen consubstancial al hombre creado a imagen y semejanza de Dios, se
convierte (y permanece desde su encarnación y hasta el final de
los tiempos) en la imagen fiel de Dios. Es por esta razón por lo
que afirma claramente: “Quien me ha visto ha mí ha visto
al Padre” (Jn. 14, 9) Esto quiere decir que las dos naturalezas
unidas a la única hipóstasis del Señor nos ofrecen
la imagen única del Dios-Hombre Jesús, una imagen que expresa
a Dios mismo aunque Este sea del todo inconcebible e indescriptible.
La persona de Cristo tiene como misión hacer presente a Dios en
el mundo y restablecer plenamente esa otra imagen que puso Dios en el
hombre (Gen. 1, 26) y que se vio enturbiada por el pecado. Por la encarnación,
Cristo “no se aferró a su condición divina, al contrario,
se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo,
haciéndose uno de tantos”(Flp. 2, 6-7)
El no despreció la naturaleza humana, lo material, sino que la
asumió plenamente, uniéndola a la naturaleza divina en la
persona del Logos.
Desde ese momento lo material es el camino a lo Trascendente. Jesucristo
es la imagen de Dios y los iconos son las imágenes de Cristo. Y
esto se debe según Teodoro Studita, a la voluntad expresa de Dios
que ha querido que de la Encarnación sólo podamos ver su
aspecto humano: “La hipóstasis de Cristo circunscrita, no
según la divinidad que nadie la ha visto jamás, sino según
la humanidad que es contemplada en ella a la manera de individuo”.
La confesión del misterio de la Encarnación va unida indisolublemente
a la confesión de María como Madre de Dios. “Porque
Cristo que ha nacido de Padre indescriptible no puede tener imagen...
pero en el momento que Cristo ha nacido de una Madre descriptible, tiene
naturalmente una imagen que corresponde a la de su Madre”(San Teodoro
Studita). Es esta la causa por la que en la religiosidad y en la iconografía
oriental el tema de la Virgen como Madre de Dios adquiere tanta importancia.
Los iconos de la Virgen son esencialmente cristológicos.
Los iconos de Cristo al dejar ver lo invisible de Dios, se convierten
en hipóstasis del Logos; no representan a una de sus dos naturalezas
sino a las dos, manifiestan su hipóstasis, el misterio mismo de
la Encarnación, esencial e inseparable a la persona de Jesucristo.
Así, el icono de Cristo testimonia una presencia, su misma presencia
que permite llegar a una comunión espiritual, a un encuentro místico
con el Señor pintado en imagen.
Por tanto lo distintivo del icono es ser lugar de presencia no sustancial,
como algunos quisieron ver, sino con un valor parecido al que en nuestra
terminología occidental damos a los sacramentales.
Para las Iglesias Orientales la relación de la imagen con el prototipo
es la semejanza de la hipóstasis. “El prototipo no está
en la imagen según la esencia(...), el prototipo está en
la imagen según la semejanza de la hipóstasis” (San
Teodoro Studita). Por lo tanto, la relación icono-prototipo no
es ni de simple retrato, ni tampoco de esencia reservada únicamente
a la Eucaristía. Nunca se permite representar un retrato mimético
de Jesucristo, la Virgen o los Santos, sino que conscientemente se pretende
evitar la copia de los modelos vivos. Lo que se procura es plasmar el
prototipo en lo que este lleva siempre de imitación de lo invisible;
no es la belleza física o natural lo que se quiere copiar, sino
su parecido con la divinidad, la belleza Trascendente.
Así es que la iconografía oriental no pretende solamente
ser vehículo de información que eduque la fe, sino sobre
todo cauce de formación activa de la vida del creyente.
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