El apóstolo San Lucas diseña el icono de la Madre di Dios

Hacia la contemplación de la luz
Los Padres griegos se refirieron al proceso espiritual en términos de luz.
San Gregorio de Nissa describe el ascenso del alma que, aspirada desde lo alto, oye en la cumbre una voz que le dice: “Te has hecho hermosa acercándote a mi luz”.
Los iconos cumplen una función anagógica porque nos conducen a un nivel de conciencia más elevado, purificando nuestros pensamientos y nuestros sentimientos. La anagogía, que significa subida o elevación del alma, busca las cosas superiores, invisibles, puras y últimas. San Gregorio de Nissa afirma que no hay contemplación sin una especial iluminación. En la cima de la santidad, el ser humano se convierte en cierta medida en luz, dice Palamas.
La luz inicial de la creación, la del primer día, que como dicen los Padres, no es el primero sino el “uno”, el “único”, es la revelación más conmovedora del rostro de Dios. “Quien está en la luz, ve con plena conciencia todo lo que permanece escondido a los que no tienen esa gracia (enseña Palamas); porque los puros de corazón ven a Dios, que siendo luz, habita en ellos y se revela a aquellos que lo aman, a sus bienamados”.
Según la doctrina de los Padres, la conciencia de la gracia alcanza su grado extremo en la visión de la luz divina.
La luz del icono, que no tiene nada que ver con la luz natural sino que se vuelve gracia encarnada (materializada), debe ser recibida como tal en la contemplación. Más aún, porque la contemplación no es un recibir pasivo sino que requiere todo el dinamismo del espíritu, la luz de dios debe ser asimilada para ser transmitida a otros. Así el hombre entra en el movimiento del Eros divino. El conocimiento de la luz inteligible se vuelve iluminación y por eso el hombre se aproxima a las tinieblas ascendentes del Misterio absoluto. Mientras el espíritu se acerca mas a la contemplación, mas ve que la naturaleza divina es invisible. La tiniebla divina es la luz inaccesible donde Dios habita, enseña Dionisio Areopagita.
Cuando se trata del conocimiento que el hombre puede tener de Dios por la experiencia, es imposible hablar de luz sin aludir también a la tiniebla que rodea a dicho acontecimiento. La tiniebla no es aquí el símbolo de la ausencia de Dios sino que expresa la incognosibilidad de la esencia divina.
El icono, poderosa cultura del espíritu, imagen conductora, se emparenta con la experiencia de los grandes espirituales, “teodidactas”, “enseñados por Dios”. en su cumbre, esta experiencia trasciende hacia lo indescriptible y lo indecible y postula una radical metamorfosis del ser humano, su deificación.
Los que contemplan la luz divina ven a Dios como Misterio. El se hace ver claramente pero como experiencia es inexpresable. Aun habiendo recibido en nuestro interior este don de Dios, no podemos de ninguna manera medirlo con la inteligencia ni expresarlo con palabras, nos enseña San Isaac el Sirio. Es entrar en el “lugar de un conocimiento sin imágenes y cosas, donde la inteligencia se hace inmaterial” (San Máximo el Confesor). Es la tiniebla divina concebida como experiencia positiva de Dios en cuanto Existente que culmina en la hesichia, el recogimiento silencioso donde la paz sobrepasa toda paz, es plenitud, es presencia. En esta etapa de contemplación, el cristiano ya no se aproxima al Creador a través de las obras de la creación, sino que encuentra directamente a Dios cara a cara, en una unión inmediata de amor.







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