El apóstolo San Lucas diseña el icono de la Madre di Dios

La luz propia del icono
Andrei Rubliev diseña el icono de la Trinidad“¡ Yahvé Dios mío, cuán grande eres! Te has vestido de majestad y belleza, envuelto en luz como un manto”. (Sal. 104(103), 1-2)
Un icono representa su modelo tal cual aparecería transfigurado en la luz del Monte Tabor. El orden y la paz interior se trasuntan en el icono; el cuerpo revela una armonía superior, símbolo de la victoria del hombre sobre sus pasiones desordenadas, y, a través de ello sobre el caos de la humanidad y de la historia.
Los cuerpos representados en los iconos no son “carnales” sino “cuerpos glorificados”, “deificados”, revestidos de una belleza incorruptible. El icono manifiesta la gloria de Dios que reverbera en el rostro de los santos que se han transfigurado “en la misma imagen de gloria en gloria” (2 Cor. 3, 18)
La luz del icono no es reductible a la claridad natural que producen los colores; es la manifestación de la gracia divina. El vestido, si bien envuelve el cuerpo de una manera normal, sugiere al hombre transfigurado, es como su vestido de gloria. La santificación del hombre, que radica en su alma, inunda su cuerpo y se trasunta en sus vestidos, como acaeció con Cristo en el Tabor.
El icono tiene luz propia, a diferencia de la pintura occidental la cual da una ilusión de la realidad generada por la oposición de luces y sombras.
Para conocer en que medida la luz propia es esencial al icono y cómo su técnica hace posible expresar la dimensión espiritual, buscaremos la respuesta en la teología del icono: en esta aparece una realidad que es aquella de Dios, una realidad que sobrepasa la dimensión del mundo terrestre pero que al mismo tiempo lo representa porque es creado por Él para ser transfigurado en su Espíritu. Si la representación pierde el carácter del misterio de Dios, se reduce este misterio a la forma sensible de la materia, el icono pierde su alma. por ejemplo, en el arte naturalista, la luz de la transfiguración cede a la luz natural. Esta última somete a su luz todos los elementos de la representación para expresarla según el orden de la naturaleza. Por eso desaparece la dimensión trascendente; la imagen se vuelve una ilusión de la realidad, una falsa realidad, una ficción. Así no pierde solamente su valor espiritual sino también su valor artístico.
En cuanto a la cuestión técnica que consiste en precisar dónde y cómo el artista ha puesto las luces, esta no encontrará nunca una respuesta particular. No está aún estudiada de un modo satisfactorio y no existen fuentes históricas que hayan proporcionado reglas para el iconógrafo.
Tal vez, la solución se encuentra en la dinámica misma del icono. Cuando todo lo que allí está representado se mueve hacia el espectador, la luz debe seguir este movimiento; ésta aun, debe delinear los movimientos al interior de la composición. Por eso, los reflejos sobre los pliegues de los vestidos, de las montañas y de la arquitectura, parecen avanzar hacia nosotros. Pero estos reflejos sirven mayormente a equilibrar los planos de color y a delinear el movimiento de un gesto; lo esencial es que el mundo sea transfigurado. Mirando nuevamente a la luz y a la luz divina descubrimos ahora mas que en otra parte cuánto el lenguaje del hombre supera los medios artísticos pobres. Acaso la obra más bella que puede realizar un artista ¿ no es hacer brillar la luz de Dios sobre sus criaturas?






since 15 oct 2001

Rambler's Top100

© Orthodoxworld.ru 2001-2008

Rambler's Top100