|
“¡
Yahvé Dios mío, cuán grande eres! Te has vestido
de majestad y belleza, envuelto en luz como un manto”. (Sal. 104(103),
1-2)
Un icono representa su modelo tal cual aparecería transfigurado
en la luz del Monte Tabor. El orden y la paz interior se trasuntan en
el icono; el cuerpo revela una armonía superior, símbolo
de la victoria del hombre sobre sus pasiones desordenadas, y, a través
de ello sobre el caos de la humanidad y de la historia.
Los cuerpos representados en los iconos no son “carnales”
sino “cuerpos glorificados”, “deificados”, revestidos
de una belleza incorruptible. El icono manifiesta la gloria de Dios que
reverbera en el rostro de los santos que se han transfigurado “en
la misma imagen de gloria en gloria” (2 Cor. 3, 18)
La luz del icono no es reductible a la claridad natural que producen los
colores; es la manifestación de la gracia divina. El vestido, si
bien envuelve el cuerpo de una manera normal, sugiere al hombre transfigurado,
es como su vestido de gloria. La santificación del hombre, que
radica en su alma, inunda su cuerpo y se trasunta en sus vestidos, como
acaeció con Cristo en el Tabor.
El icono tiene luz propia, a diferencia de la pintura occidental la cual
da una ilusión de la realidad generada por la oposición
de luces y sombras.
Para conocer en que medida la luz propia es esencial al icono y cómo
su técnica hace posible expresar la dimensión espiritual,
buscaremos la respuesta en la teología del icono: en esta aparece
una realidad que es aquella de Dios, una realidad que sobrepasa la dimensión
del mundo terrestre pero que al mismo tiempo lo representa porque es creado
por Él para ser transfigurado en su Espíritu. Si la representación
pierde el carácter del misterio de Dios, se reduce este misterio
a la forma sensible de la materia, el icono pierde su alma. por ejemplo,
en el arte naturalista, la luz de la transfiguración cede a la
luz natural. Esta última somete a su luz todos los elementos de
la representación para expresarla según el orden de la naturaleza.
Por eso desaparece la dimensión trascendente; la imagen se vuelve
una ilusión de la realidad, una falsa realidad, una ficción.
Así no pierde solamente su valor espiritual sino también
su valor artístico.
En cuanto a la cuestión técnica que consiste en precisar
dónde y cómo el artista ha puesto las luces, esta no encontrará
nunca una respuesta particular. No está aún estudiada de
un modo satisfactorio y no existen fuentes históricas que hayan
proporcionado reglas para el iconógrafo.
Tal vez, la solución se encuentra en la dinámica misma del
icono. Cuando todo lo que allí está representado se mueve
hacia el espectador, la luz debe seguir este movimiento; ésta aun,
debe delinear los movimientos al interior de la composición. Por
eso, los reflejos sobre los pliegues de los vestidos, de las montañas
y de la arquitectura, parecen avanzar hacia nosotros. Pero estos reflejos
sirven mayormente a equilibrar los planos de color y a delinear el movimiento
de un gesto; lo esencial es que el mundo sea transfigurado. Mirando nuevamente
a la luz y a la luz divina descubrimos ahora mas que en otra parte cuánto
el lenguaje del hombre supera los medios artísticos pobres. Acaso
la obra más bella que puede realizar un artista ¿ no es
hacer brillar la luz de Dios sobre sus criaturas? |