|
El
icono es un lugar de luz, su propio contenido es la luz, la cual es ante
todo poder de revelación y se impone como fuente de todo conocimiento.
La vida y la luz son atributos del Espíritu Santo, por eso Dios
nos concede Espíritu d sabiduría y revelación e ilumina
los ojos de nuestro corazón (Ef. 1, 17-18)
El icono se dirige a los ojos del espíritu para que contemple “los
cuerpos espirituales” (1 Cor. 15, 44), lo invisible, la forma interior
del ser y esto surge de la iluminación.
La luz divina solo se puede entrever con los ojos corporales si el que
la contempla participa en dicha luz y se deja transformar por ella.
El hesicasmo pone como premisa de la deificación la contemplación
de la luz tabórica. Para Oriente, estar en estado de deificación
es contemplar la luz increada y dejarse contemplar por ella. Cuando esa
luz no encuentra obstáculos en los corazones, según San
Simeón, “transforma en luz a los que ilumina”.
En el lenguaje técnico de los iconógrafos se llama luz al
fondo de oro de la pintura. El oro simboliza la gloria divina que irradiando
su propia luz no depende de ninguna fuente natural. Los demás colores
en el icono se subordinan a él y por él se explican. El
iconógrafo, para la realización de un icono, procede con
un método que implica una iluminación progresiva, siendo
este, no un mero procedimiento técnico, sino una concepción
espiritual de la vida. De esta manera se reproduce en la imagen el crecimiento
espiritual del hombre en la luz.
Antiguamente los bautizados recibían el nombre de “iluminados”,
y cuando eran revestidos de túnicas blancas se les decía
que se cubrían con los vestidos luminosos de Cristo. Pero la gracia
de la iluminación recibida en el sacramento no es estática,
sino que debe ser alimentada y profundizada mediante el progreso espiritual.
El rostro del santo refleja intensamente esa luz. Los nimbos que rodean
sus cabezas sobre los iconos, no son signos distintivos de su santidad,
sino el resplandor de la luminosidad de sus cuerpos.
Las revelaciones lumínicas y armoniosas de la personalidad espiritual
se manifiestan ante todo en la belleza del rostro iluminado, redundando
al exterior la luz interna de la gracia.
El icono nos revela la luz; como oración purifica y transfigura
a su imagen al que la contempla; como misterio nos enseña que allí
está el silencio habitado, el gozo del cielo sobre la tierra, el
resplandor del mas allá. |