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Estos datos están relacionados con los Evangelios
y con los libros apócrifos.
1. La leyenda de la Verónica (palabra ésta que proviene
del griego y del latín y que significa verdadero icono): se refiere
a una mujer que enjugó con un lienzo el rostro de Cristo durante
el camino del calvario y se encontró con que Jesús había
dejado estampado su rostro en ese velo.
2. La Sábana Santa de Turín también es testigo de
la transmisión del rostro de Jesús.
3. La leyenda del Mandylion del Rey Abgar de Edesa: dice la tradición
que Jesús dejó impreso su rostro en el lienzo que un criado
del Rey Abgar le presentó para que se pudiera curar el Rey.
Se añade en la tradición la leyenda de Lucas el evangelista,
a quien se le atribuyen muchos cuadros o imágenes de la Virgen
tanto en Oriente como en Occidente.
Con respecto al rostro de Cristo hay una cierta uniformidad en sus rasgos
y un gran parecido con los rasgos mismos del rostro de Cristo tal como
aparece en la Sábana Santa de Turín.
Una de las imágenes más antiguas y bellas que se conservan
de Cristo data del siglo VI y se conserva en el Monasterio de Santa Catalina
del Sinaí; está realizada con la técnica del encausto.
El icono, para que pueda ser venerado por los fieles debe tener tres cualidades
de las que solo la Iglesia puede dar garantía. Tiene que ser una
imagen verdadera, milagrosa, acherópita.
Verdadera, en cuanto a sus rasgos tienen que corresponder exactamente
a la palabra que la ilumina y que la imagen misma visibiliza.
Milagrosa, en cuanto hace ver las maravillas de Dios, aunque a veces
se trata también de una imagen que tiene la cualidad carismática
de ser una fuente de gracias sobrenaturales y de manifestaciones milagrosas.
Acherópita, en cuanto no tiene que responder a una obra simplemente
humana, sino inspirada por Dios a través de la mediación
de su palabra y la tradición de la Iglesia, o sea, “no
hecha por la mano del hombre”.
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