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Debemos
recordar la importancia del nombre en el Antiguo Testamento, “Muéstrame
tu rostro”, “Dime tu nombre”. En la tradición
bíblica el nombre determina la naturaleza y el destino de la persona
que lo lleva.
Para un semita, un nombre propio es ya una definición de la persona
que lo lleva. El nombre de Dios permanece anónimo, el nombre del
hombre expresa su persona.
En la aparición de Dios a Moisés (Ex. 3,14) le es revelado
el nombre como el “Existente”, “Aquel que es”.
El icono pintado debe llevar escrito el nombre del que representa. Sólo
así obtiene su carácter sagrado y su dimensión espiritual.
El nombre inscrito no es sólo un signo distintivo o un título,
sino que comunica la naturaleza del original, confiere a la imagen su
entidad, así el icono queda vinculado con su prototipo, del que
es representación.
“La gracia divina es dada a las cosas materiales con la impresión
del nombre de aquellos que el icono representa” (San Juan Damasceno).
La inscripción se hace en una de las lenguas litúrgicas
bizantinas: griego, eslavo, eclesiástico, árabe, etc. Normalmente
las inscripciones están hechas en alfabeto cirílico (de
San Cirilo) en los países rusos o en los países balcánicos.
Pero se conservan abreviaturas griegas para indicar a la Madre de Dios
= MP OY, a Jesucristo = IC XC y a veces a un santo = ATIOS.
En la aureola de Cristo, en la que va trazada una cruz, siempre se encuentran
las tres letras griegas: ?, O, N, que significan “El que es”,
el nombre de Dios revelado a Moisés cuando estaba en la zarza ardiente.
Las letras van: omega en el brazo izquierdo, ómicron en el centro
arriba y Ni en el brazo derecho.
Las formas de las letras, especialmente en los iconos eslavos, varían
según la época en que han sido hechos, constituyendo de
este modo un elemento que ayuda a la determinación de la fecha
de la obra.
En el momento de la bendición final, la Iglesia verifica la presencia
de la inscripción con el nombre y su correspondencia con la imagen
pintada.
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