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La comprensión de los iconos puede resultar difícil
visto el especial modo de representar el espacio, las personas y los objetos
que en este espacio se encuentran.
Miramos los cuadros con ojos de europeo, y las cosas representadas en
ellos nos parecen iguales a lo que vemos a nuestro alrededor. Esta verosimilitud
de la pintura europea se alcanza gracias al uso de la perspectiva lineal.
La ciencia de la perspectiva nació en el siglo XIII y ha desempeñado
un papel importantísimo en el destino de la historia europea.
El primer pintor que creó sobre la superficie la ilusión
del espacio tridimensional fue el italiano Giotto (1267-1332).
Una
clara ilustración de ello la encontramos en los frescos de la capilla
Scrovegni en Pádua: La Anunciación a Santa Ana
y El Nacimiento de María (1305-1313).
La pareja de justos, Joaquín y Ana, no tenía hijos. Un día,
un ángel se apareció a Ana y le anunció que alumbraría
una hija, que llegaría a ser la Madre de Dios. Y Ana dio a luz
a María.
Veamos cómo ha representado Giotto todo esto. Ha mostrado correcta
y geométricamente bien la parte interior de la casa de Ana. Antes
de Giotto, las partes interiores de las casas en los cuadros, frescos
e iconos no existían. Las personas de la acción aparecían
sobre el fondo de un edificio o de una montaña con una gruta. Se
sobreentendía que la acción descrita sucedía dentro
de tal edificio. Para mostrar la parte interior, la pared más próxima
al espectador está como sacada del fresco. Se ofrece la sección
de la casa. Tal representación de la parte interior de la casa
es una gran novedad aportada por Giotto. Es un modo valiente de abandonar
la tradición establecida. Según la grandeza de los objetos
representados (bancos, baules), puede deducirse la grandeza de la estancia
en la que sucede la acción.
Giotto construía el espacio de sus frescos como si estuviera hecho
de transparentes centímetros cúbicos. Este era el primero
y más importante paso en el camino hacia la concepción aritmética
del espacio. La geometría analítica, cuyos fundamentos fueron
colocados por el filósofo y matemático francés René
Descartes (1596-1650), habría nacido, sin duda, mucho más
tarde si no hubiera existido el hallazgo de Giotto.
Contemplemos otra vez los frescos de Giotto. El ángel vuela a través
de una pequeña ventana. Un ángel incorpóreo no necesita
de ninguna abertura o de una ventana para su aparición. El ángel
de Giotto tampoco pasa con tanta facilidad por la ventana, sino que lo
hace con dificultad, como si la ventana fuese demasiado pequeña,
y así a los ojos de los espectadores adquiere casi una corporeidad
física. De esta forma, Giotto hace aterrizar el milagro,
buscando alcanzar la verosimilitud de la representación.
La traducción de la tradición cristiana a la lengua de los
cuadros terrenales y el descubrimiento de la perspectiva lineal son el
principio de una era nueva del arte europeo: la era del realismo.
La relación de los pintores de iconos con el espacio era totalmente
diferente. El espacio que no es de este mundo se indica en
los iconos generalmente con el fondo de color dorado continuo, en cambio
los objetos y su respectiva composición se presentan en la denominada
perspectiva invertida.
Trataremos de aclarar la naturaleza y las características de la
perspectiva invertida. Es más antigua que la lineal. Los pintores
de iconos estaban convencidos de que la mirada humana no es perfecta,
de que no podemos fiarnos de ella por su naturaleza carnal. Por tal motivo,
estos pintores representaban el mundo no tal como lo veían, sino
como de hecho es, utilizando no la experiencia de la vida terrenal, sino
los dogmas de la fe. Los autores de los primeros esfuerzos en la perspectiva
lineal, Ibn al Haisam y C. Vitelo, consideraban la reducción de
las medidas de los elementos, según la creciente lejanía
de ellos del espectador, un engaño de su vista. A pesar de ello,
la geometría de la perspectiva lineal (la reprodución del
engaño de la vista) resultaba cómoda y fue asimilada
con el tiempo por los pintores europeos.
Los pintores de iconos ortodoxos, en cambio, se mantienen fieles a la
perspectiva invertida.
Ya hemos indicado que el icono es una ventana al mundo santo, sagrado,
y que este mundo se abre ante la persona que lo mira. El espacio de este
mundo tiene características diferentes de las del espacio terrestre,
no accesibles a la vista carnal y no explicables con la lógica
del mundo de aquí.
Sobre el diseño se da el esquema de la construción del espacio
que se alarga. Se crea la perspectiva invertida: también los objetos
se hacen más grandes cuanto más se alejan del espectador.
No podía existir
un respeto riguroso del esquema: el mundo en los iconos sólo está
delineado por los símbolos de los objetos y las personas, y a menudo
se encuentran errores de representación.
La perspectiva invertida y sus características están claramente
expresadas en el icono de la Deposición en el sepulcro.
En el primer plano del icono se representa el sepulcro, con el cuerpo
de Cristo, envuelto en un sudario, dentro de él. La Madre de Dios
se inclina sobre él, juntando su rostro al del Hijo. A su lado,
también el discípulo amado por el Maestro se inclina ante
su cuerpo: es Juan Evangelista, que, apoyando el mentón en la mano,
mira con dolor el rostro de Jesucristo. Detrás de Juan, en postura
de aflicción, están representados José de Arimatea
y Nicodemo. A su izquierda, las mujeres que han traido los óleos.
Esta escena llena de dolor aparece sobre un fondo de colinas de
icono pintadas en perspectiva invertida: estas colinas se esparcen
radialmente en profundidad.
La perspectiva invertida crea aquí un efecto excepcionalmente fuerte:
el espacio se abre en longitud y en profundidad, a lo alto y a lo bajo,
con tanta fuerza que lo que sucede bajo los ojos del espectador adquiere
una dimensión cósmica. Las manos alzadas de María
Magdalena parecen unir el lugar donde se encuentra el sepulcro del Señor
con todo el Universo.
La atención del espectador es atraida, a través del sudario
que resplandece con un candor no terrestre, hacia el cuerpo de Cristo
envuelto en él, pero los detalles de las partes bajas de los vestidos
de Juan Evangelista y de María Magdalena están pintados
de tal modo que parecen llamas oscuras que se alzan sobre el fondo terso
del omoforión (manto) rojo de María Magdalena. Las
manos alzadas en postura trágica llevan tras ellas la mirada hacia
lo alto, donde se extiende otro mundo. Pero los bordes de las colinas
del icono descienden como rayos hacia el sepulcro, y hacen volver de nuevo
la mirada al cuerpo de Cristo, centro del universo.
El laconismo y la expresividad hacen de este icono un ejemplo de síntesis
entre oración y llanto, cuyas dolorosas palabras han adquirido
rasgos y color y se han metido en la tabla del icono.
La perspectiva invertida no es una falta de habilidad en la representación
del espacio. Los antiguos pintores de iconos rusos no aceptaron la perspectiva
lineal cuando la conocieron. La perspectiva invertida conservaba su significado
espiritual y era una protesta contra las seducciones de la vista
carnal.
Muchas veces la utilización de la perspectiva invertida también
aportaba ventajas: permitía, por ejemplo, desarrollar las composiciones
para hacer ver los detalles o las escenas cubiertas por ella.
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