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Por todos es conocido el icono de la Santísima Trinidad de Andrei
Rubliev, una de las más grandes y misteriosas expresiones de la
pintura mundial. Tal como lo conocemos hoy fue como se presentó
ante los ojos de los restauradores, en 1919, esta grandísima obra
del arte universal.
El sujeto del icono se basa en el capítulo 18 del libro del Génesis,
donde se describe cómo Dios, bajo la forma de tres ángeles,
se apareció a Abrahán y Sara bajo la encina de Mambré.
Muchos santos Padres (San Cirilo de Alejandría, San Ambrosio de
Milán, San Máximo el Confesor) estaban convencidos de que
en este lugar del Antiguo Testamento se habla de la imagen de la Santísima
Trinidad. Pero antes de Rubliev, los pintores de iconos representaban
sólo la escena de la vida cotidiana: tres ángeles hospedados
por Abrahán y Sara, sentados a la mesa a la sombra de una gran
encina. Pero el santo Andrei supo encarnar en el icono el dogma más
importante del cristianismo. ¿En qué se revela el genio
extraordinario de Rubliev? Miremos con atención el icono.
Ante todo, observamos que Rubliev ha quitado las figuras de Abrahán
y Sara. El rico ajuar de la mesa se ha sustituido por una sola copa, señalada
por el ángel que está en el centro. La gran encina se ha
trasformado en un árbol pequeño. El icono sigue estando
reconocible, pero han desaparecido de él todas las cosas temporales,
dejando el lugar a lo que es eterno.
Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. En la enseñanza
ortodoxa, se hace referencia a la Santísima Trinidad como consustancial,
indivisible, fuente de vida y santa. ¿Cómo presentar a la
Trinidad en un icono sin perder ninguno de estos conceptos? Algunos pintores
posteriores a Rubliev diseñaron al ángel que está
en el centro con la cruz dentro de la aureola, como en los iconos del
Salvador. Pero al destacar al Dios Hijo se perdía otra característica:
la consustancialidad de la Trinidad. Comprendiendo que no se podía
representar al ángel central de forma diferente de los otros dos
laterales, los demás pintores ponían las cruces en las aureolas
de los tres, con lo que el error no hacía más que empeorar,
ya que la cruz en la aureola es absolutamente inadmisible en las imágenes
de Dios Padre y de Dios Espíritu Santo.
Rubliev encontró una bellísima vía de salida para
esta situación. La consustancialidad se transmite en su icono mediante
el hecho de que las figuras de los ángeles están pintadas
absolutamente de la misma manera, y los tres tienen la misma dignidad.
Cada uno de los ángeles lleva en la mano el cetro, símbolo
del poder divino. Pero los ángeles no son iguales: tienen diferentes
poses y diferentes vestiduras. Las vestiduras del ángel que está
en el centro (la túnica roja, el manto azul y la franja sobre él)
son similares a las del Salvador. Dos de los ángeles sentados a
la mesa tienen la cabeza y el cuerpo vueltos hacia el ángel sentado
a la izquierda. La cabeza de este último no está inclinada,
su cuerpo no está en movimiento y su mirada se dirige hacia los
otros dos ángeles. El color tilo claro de su vestido testimonia
su dignidad real. Todos estos datos indican la primera persona de la Santísima
Trinidad. Por último, el ángel de la derecha lleva un vestido
de color verde. Este es el color del Espíritu Santo, llamado Dador
de Vida. Con pinceladas ligeras e invisibles, el gran maestro nos
muestra los rostros de la Santísima Trinidad, pero, al hacerlo,
no infringe el dogma de su consustancialidad.
También la indivisibilidad se transmite del mismo modo genial.
El ángel del centro muestra la copa sobre la mesa. Si la inclinación
de la cabeza y el ademán de los dos ángeles hacia el tercero,
el de la izquierda, les une entre ellos, los gestos de sus manos están
vueltos hacia la copa eucarística con la cabeza del cordero degollado,
puesta sobre la mesa blanca como sobre un trono. Vemos que los ángeles
son tres, pero la copa es una sola: ella crea el centro de la composición,
el centro sensible del icono. Y vemos que los tres ángeles del
Antiguo Testamento se encuentran en una conversación sin palabras
cuyo contenido es el destino del género humano, ya que la copa
del sacrificio es símbolo del sacrificio voluntario del Hijo.
El icono, en la cual no hay acción ni movimiento, está lleno
de inspiración y de una paz solemne. El pintor ha presentado aquí
la grandeza del amor sacrificial. El Padre manda a Su Hijo a sufrir por
la humanidad, y el Hijo, Jesucristo, está dispuesto a aceptar el
sufrimiento y donarse a sí mismo como sacrificio por los hombres.
En el icono hay aún otros símbolos: el árbol, el
monte y la casa. El árbol -la encina de Mambré- lo ha trasformado
Rubliev en un árbol de la vida y muestra que la Trinidad es la
fuente de la vida. El monte encarna la santidad de la Trinidad, y la casa
indica que Dios es el primer Constructor de todo. La Casa, en efecto,
se encuentra detrás del ángel con los rasgos del Padre (Creador,
Iniciador de la Construcción), el Árbol detrás del
ángel del centro (el Hijo es la Vida) y el Monte detrás
del tercer ángel (el Espíritu Santo). |